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Soñando despierto

Podría llenarse el espacio de silencio,
la luz teñirse de negro
y ni así lograría soñar despierto
porque solo ocurre cuando te veo.

- Gian Marco Settembrini

Te quiero pero…

Pasó tu cumpleaños y no te saludé. Lo sé. No lo hice por malicia sino más bien por amor. Llegó el momento de dejar que un frío adiós, ese que nos dijimos tiempo atrás y que nunca fue real, comience a surtir efecto. Porque ya no nos queda nada más para robarle a nuestros recuerdos, y menos si cuando tuvimos la oportunidad de crear nuevos nos dejamos dominar por los mismos miedos del pasado. 
Te quiero, seguramente siempre lo haré pero no puedo seguir aferrado al ayer.
Prefiero creer que puedo volver amar a estar mirando la puerta y el reloj por si algún día decides regresar.
Te quiero pero…

- Gian Marco Settembrini

A qué sabe el dolor

¿Puede el dolor tener un sabor?
¿Sabe a algo?
Quizás a un trago amargo
o tal vez a tierra.
Aún no lo sé,
por momentos no me sabe a nada,
todo es indiferencia
y quizás esa es la peor sensación de todas
porque
vas caminando por la vida
y en realidad solo te desplazas de un lugar a otro;
caminar no es solo mover las piernas,
es mirar a tu alrededor,
es escuchar pájaros o bocinas de autos,
es darte cuenta que una tienda cambió de lugar o que ya no existe,
es evidenciar el paso del tiempo por verte reflejado en el vidrio de un escaparate.
Y si todo es indiferencia,
todo esto se diluye en el aire.
Como si hilos
caídos del cielo manejaran tus movimientos,
obviando tu capacidad y tu fuerza
para cambiar acciones o destinos.
Entonces, si me preguntan
a qué sabe el dolor
podría decirles que no sabe a nada.
Así es, a nada.
La nada misma.

- Gian Marco Settembrini

explosión

Poema.
por esa fuerza 
por esa fuerza que no comprendo,
que no trato de encontrarle un significado,
por esa fuerza
que no reconoceré sus consecuencias hasta que sea demasiado tarde,
muy tarde,
por esa fuerza
que llevo en el pecho
y ya no la juzgo, ni critico,
comprendo que
al amor no hay que entenderlo,
sino sentirlo.

- Gian Marco Settembrini

Mona lisa

Poesía sobre las idealizaciones.
Las ideas pueden ser muy traicioneras
sobretodo aquellas que establecen su base en el pasado
porque inevitablemente se ven contaminadas con idealizaciones
exagerando lo bueno y minimizando lo malo.

¡Oh, cuánto te quise! ¿De verdad lo hice?
Si por cada sonrisa que te regale, le sacaba una lágrima a la Mona Lisa.
¡Oh, cuánto te extraño! ¿Lo hago?
O simplemente, todavía rebota por la habitación
el eco de tu respiración apoyada en mi corazón.

Y yo me encuentro confundido,
podría decirte que perdido pero no es así,
si vuelvo mis pasos y siempre te encuentro ahí
en el recuerdo de lo que un día fui.

El problema es que cada vez me cuesta más
seguir las migas que dejé en el camino.
Los senderos se vuelven más borrosos,
todo está más oscuro. Ya no te puedo encontrar.

En el presente, no te puedo ver
y mi mano ya no se puede aferrar a lo que pudo ser,
ya no le gusta ser una suposición, una puta suposición.

Mis ojos ya no te confunden con alguien más,
ni esperan verte a la vuelta de la esquina.
No los culpo, cuántas veces habremos esperado todos mojados por la lluvia a que regresaras.

Mi nariz ya no puede reconocer tu perfume
me lo contó el otro día cuando creyó sentirte
pero se dio cuenta que ya no eres.

Esa noche, todos en la oscuridad nos pusimos a llorar
mientras escuchábamos esa canción que tantas veces bailamos juntos,
y creo que fueron mis labios los primeros en hablar.

Todos intentábamos calmarnos,
algunos secaban sus lágrimas
y fue cuando empezó:
“Sé que era increíble,
era de esas personas que con solo mirarlas
se te estremecía hasta el alma.
Lo sé, por Dios que lo sé.
Pero, ¿cuántas veces hemos conocido otras personas increíbles?
y por estar presos en el ayer
arruinamos todo lo que pudo ser.

Y no sé ustedes pero yo ya estoy harto,
harto de no encontrarme en ningún lado
porque ese lugar al que queremos ir
¡YA NO ESTÁ AHÍ!
Entiéndanlo,
ella ya es feliz sin nosotros
y acá estamos como tontos
recordando a un fantasma.

Llegó el momento de decir adiós
quieran o no.”

Todos nos miramos y lo supimos,
los ojos se cautivarán con otros caminos,
los labios se estremecerán con otras bocas,
las manos recorrerán otros mapas.

¿Saben por qué?
Porque la vida es así
y no se puede estar atado a un recuerdo
a menos que quieras ser otro “vivo” muerto.

- Gian Marco Settembrini

Tormentosa relación

Escupiendo verdades.
esta noche tormentosa 
me encuentro en la nebulosa de los pensamientos
conviviendo con tantos escarmientos,
escarbando en lo profundo de mi corazón
para ver si en las oscuras cavernas
quedaron pictografías de todo lo que un día vivió.
porque desde lejos, desde este telescopio
no puedo encontrar ningún satélite
que gire, como yo giraba en tu vida,
la luna me ha engañado y se ha ido con el sol,
ni los atardeceres me hacen compañía
y los amaneceres ya no son el preludio de un buen día
parece que todo ha cambiado,
o quizás es que yo no soy el mismo
pero hace tiempo que un filósofo borracho dijo que todo, hasta el tiempo era relativo
y yo no dejo de preguntarme por cuál es tu punto de vista,
ya sabes que siempre me importo tu mirada o tal vez era que siempre me perdía en ella,
hipnotizado por los dolores que escondían,
víctima de mi propio ego creyéndome héroe capaz de curar y salvarte.
Estamos en el siglo 21,
ya no hay damiselas en peligro que quieran un principe azul
y yo aunque lo hubiera querido
jamás hubiera podido ser uno,
preso de mis impetuosas pasiones de mujeriego y alcoholico
solo he sabido regalar palabras que describían a la perfección el olor a jazmín
porque jamás fui capaz de regalarte una flor de verdad,
como esas que tantas veces soñabas llevar en tu camino hacia el altar.
Te hacia imaginar, te llevaba a volar y cuando nos dábamos cuenta estábamos poniéndoles nombres a todo lo que nuestras mentes podían divagar,
algunas nos llamaban mamá y papá,
y vos te ilusionabas, los ojos se te llenaban de “quiero que llegue ese día ya”.
y acá me encuentro a miles de kilometros
y la imaginación se me ha quedado tan pequeña que puede caber en una hormiga,
la imaginación ya se ha olvidado de volar
y a nuestra frase ya no la digo más,
por miedo a que todo se vuelva real.
Tu adiós, tu despedida
y tu felicidad en los brazos de alguien más.
Me pregunto si todavía existen noches
en las que puedo robarte el pensamiento
como alguna vez lo supe hacer.

- Gian Marco Settembrini

Tchenronra, la ciudad de la lluvia de sueños.

Cuento.

- Así como lo ves, este es el lugar donde más sueños y esperanzas han nacido y muerto en cuestión de segundos. - Lo miraba sin entender a qué se refería ni porqué me había hablado a mí. - En un momento, le dicen a tu familia que te vas a recuperar. Y al mismo tiempo, en otra parte del mismo edificio, le dicen a otra que todo quedó en manos de Dios. ¿No te parece cruel? - Yo seguía sin contestar. ¿Qué se le contesta a ello? - Mira jovencito, te voy a contar una historia si es que no te importa. - Antes que pudiera decirle algo empezó.

Hace muchos años, cuando tenía más o menos tu edad. - ¿Cuánto tienes?- 25- Sí, poco más. Tenía 27. Pude escaparme de la ciudad y viajar a México. Siempre me había llamado la atención toda la cultura azteca. De chico me devoraba los libros de historia, sus rituales, su época de oro, sus avances tecnológicos y su astrología tan exacta, el ¡¡¡Chichen-Itza!!! Así que todos los años fui ahorrando un poco hasta tener el dinero suficiente para visitar lo más que pudiera. Estaba obsesionado. Una vez allí, en una de las excursiones por la selva me tope con lo que parecía una ciudad abandonada. Le pregunté al guía qué había sucedido y no supo responderme sin que los nervios lo traicionaran. No seguí presionando porque si algo me había enseñado la vida es que no todos mienten por maldad, y ese pobre guía no tenía la culpa de mi curiosidad tan implacante. De igual manera, no todo quedo ahí. Esa noche dormimos en la selva, en un refugio que quedaba a 5 kilómetros del lugar que llamó mi atención. Así que decidí llevarme conmigo una linterna y una botella de agua. Una vez que todos se durmieron emprendí mi aventura. La luna llena intentaba asomarse entre los pequeños huecos que dejaban las hojas de los gigantes árboles. Era una hermosa noche para contemplar a la musa de poetas y amantes. Siguiendo mi intuición fui recorriendo senderos, deteniéndome ante el más mínimo ruido en los arbustos y acelerando el paso cuando el miedo comenzaba a invadirme. Después de vagar por dos horas, pude dar con el lugar elegido. Un fuego me atraía cuán insecto. Al acercarme cada vez más lentamente me encontré con un grupo de diez personas, todas reunidas alrededor del fuego y bailando. Tocaban tambores a un ritmo desconocido para mis oídos pese a ser profesor de música. Sin embargo, aunque pareciera un ritual aborigen todos vestían ropas como yo así que no tuve miedo de hacerme ver. Apenas vislumbraron mi silueta, el silencio más oscuro se sintió en esta latitud de la tierra. Sabía que si titubeaba perdería toda credibilidad así que con voz serena, me presenté y expliqué mi motivo de estar allí. Al principio, sin recibir respuesta, comenzaba a resignar a mis sueños de la infancia. Hasta que uno de ellos, me dijo que me sentara allí a su lado. Siguieron con su baile y su música, mientras el que parecía el jefe no dejaba de mirarme.

- No le hagas caso, solo quiere intimidarte. - me dijo una joven sentada a dos personas de distancia. - Asentí en silencio. - Es que no le gustan las personas nuevas.
- Lo entiendo, muchas veces te decepcionan.
- Y otras, te sorprenden. - dijo ella sonriéndome.

Era la sonrisa más bonita que había conocido en el último tiempo. O quizás, era la luna que se reflejaba en sus dientes. No lo sé.

Terminado el baile, el jefe se levantó y dio inicio a todo. No sin antes enviar a votación mi presencia allí. Por una diferencia de dos votos, salí elegido para que me quedara. Pero para ello tenía que realizar una prueba. Les conté información comprometedora de mí, lo suficientemente desagradable para borrar la sonrisa de la chica que minutos antes me miraba cautivada. Sin embargo me bastó para tener la oportunidad de saciar mis ganas de respuestas. Quería saber qué era todo ese lugar, porqué había tantos edificios abandonados estando tan cerca de la playa. Quería saberlo todo.

Así fue como dio comienzo a una hora en la que el jefe me contó sobre Tchenronra, la ciudad que se inundó por la codicia. Su tatara abuelo había lanzado una maldición sobre esta ciudad que vio nacer, crecer y morir a su tribu. A veces la mejor manera de trascender es muriendo. En este hermoso lugar, me contaba, vivían familias indígenas felices. Siendo cazadores, pescadores, recolectores. Eran felices haciendo lo que hacían. Hasta que un día, un estadounidense con un gran capital pudo seducir al intendente del poblado. Le vendió el sueño americano a costa de la felicidad de la tribu. Empezó la construcción de hoteles, carreteras, tiendas de todo tipo, mientras que todos se movilizaban buscando impedir dicha masacre a las tierras que por años les habían pertenecido. Pero, cada duda que pudo tener el intendente fue silenciada y teñida de verde. Así fue como “El viejo” que era un chamán muy poderoso, decidió lanzar una maldición sobre esa tierra. Una vez al año lloverían pequeñas notas encapsuladas con los sueños incumplidos de sus habitantes, y al otro día 0,5 mm por cada uno de ellos. Al principio como todo el mundo vivía en paz y feliz, solo caían algunas notas encapsuladas. Pero con el pasar de los años, esa localidad fue convirtiéndose lentamente en un lugar para dejar libre todo deseo inconsciente. Los vicios tenían vía libre, no existían prohibiciones de ningún tipo. La lluvia cada vez era mayor, pero a nadie le interesaba. De hecho, el intendente usó este extraño acontecimiento para dar a conocer de manera turística a Tchenronra como “la ciudad de la lluvia de sueños.”
Después de 10 años, todo aquel que vivía en este poblado, tenía un negocio o venía con los bolsillos llenos de dinero listo para perderse en la oscuridad de su ser. Así fue como llegó el día trágico en el que la lluvia arrasó con absolutamente todo.
La tragedia fue silenciada por el gobierno mexicano, pero para todos los descendientes de la tribu significó una marca sin igual en su historia.
Y es por ello que se encontraban ahí bailando alrededor del fuego detrás de todos esos edificios abandonados, para rememorar ese acontecimiento. Quise preguntarles, qué había pasado con la maldición. Pero al otro día, al despertar, me di cuenta. Estaban lloviendo notas de papel. Ahora entendía porqué no permitían que a la excursión fueran muchas personas.

- Disculpe señor, pero y ¿qué tiene que ver esa historia con este hospital?
- Todo, jovencito. Todo. - dijo, mientras se levantaba, dejaba caer un papel y lo veía perderse en el pasillo.

El papel decía “Carlos Runirini: sueño con ser escritor”. Mi nombre.

- Gian Marco Settembrini

Azar

Reflexiones.
Me pregunto, cuánto habrá tenido que ver el azar en todo lo que un día lamenté; aunque, ahora que doy cuenta de ello, más me concierne saber cuánta de mi felicidad pende o pendió alguna vez de esos hilos invisibles que entrecruzan historias, personas, anhelos. 
Y si así fuera, si el azar existiera ¿cuánta verdad cabría dentro y fuera de mí, si esta no lograra teñirse de libertad? ¿Cuánta verdad habría en todos nosotros? Pues, no puedo lograr concebirla si no se encuentra en un contexto de absoluta libertad.
Imagínense una realidad con hilos que manejen toda su vida, hasta las más mínimas casualidades como una mirada en el autobús. Es realmente abrumador si quiera pensar en la posibilidad que toda nuestra vida, en realidad sea una obra de marionetas sirviendo al único fin de existir.
Y si estos hilos del azar en cambio no existieran, se terminarían por calmar todas estas inquietudes que yacen muy dentro de mí. Aunque, cada tanto por las noches pensamientos regresaran para atormentarme, el amanecer y el sol se encargarían de recordarme lo que un día conseguí y aún puedo llegar conseguir, si tan solo creo en mí.
Ahora, el enfoque ha cambiado y se ha llevado consigo al azar de paseo, sin embargo no dejo de pensar en el tormento que podría significar una vida sin trascendencia.

- Gian Marco Settembrini

Águila blanca

Poema inspirado en una nube del cielo.
águila de arena blanca
revélame los secretos escondidos a la luz del sol,
o ¿acaso no ves que escondo mis miedos en los ojos curiosos
que hoy te descubrieron?
Pedacito de cielo confiésame,
y mándale un saludo a mis abuelos
que no se preocupen,
que si me han visto llorar no es nada nuevo,
solo que hay días que no me sale echar vuelo hacia mis sueños,
mis alas parecen cansadas y
es que ¡joder!
solo soy un joven con miedos
detrás de una sonrisa de hierro
que parece inquebrantable.
Pero, ven abuelo a charlar un ratito,
a jugar a la pelota conmigo
que te cuento cómo cumplí uno de mis sueños,
y terminaremos riendo
mientras la abuela alza la oreja, y sonríe
porque cocina como para diez cuando solo somos nosotros tres.
Y es que te abrazo, abrazo al aire,
porque así “nadie” parece “alguien”
Yo tengo miedo abuelo
pero no se lo digas a nadie,
que para alguien puedo ser inspiración
y aunque hoy me falte la respiración
de la única chica por la cual latió mi corazón
sé que siempre tendré en el cielo y la luna
un pedacito de ella que nos recordará que un día fuimos.
Prométemelo abuelo que no se lo vas a decir,
Prométemelo por favor,
que tus abrazos me prometan que un día dejaré
de sentirme nadie para alguien.

Solo deseo que el azul de mis lágrimas saladas
transformen este cielo, en un mar de aventuras
lleno de piratas, historias de amor náufragas,
para que el día que llegue a puerto
pueda entender que la felicidad
no sabe igual si no es compartida.

- Gian Marco Settembrini