Ahí están, otra vez sentados en el banco frente a mi portal. Miro el reloj, marca las siete y media de la tarde. Me pregunto, por qué, ¿por qué siempre se sentarán ahí? Nunca los he visto entrar ni salir del edificio, ni del mío, ni de ningún otro. De hecho, tampoco los he visto caminar por la calle. Él no tendrá más de 17 y ella tampoco. Sus pieles pálida se alumbran con las farolas que yacen sobre sus cabezas. Veo como se ríen. Allí en ese banco, ellos son felices. Al menos eso parece. Aunque yo no dejo de preguntarme por qué, por qué siempre allí.
Al rato de haber subido a mi departamento, decido salir a sacar la basura. Ya son las ocho de la noche. Y no están, ya no.
Otro día más, estoy volviendo del supermercado con los brazos cargados de bolsas. Solo pienso en llegar y dejarlo todo. Al llegar al portal, no los veo. Me parece extraño pero al abrir la puerta el egoísmo o el cansancio, saca de mi cabeza el pensamiento sobre los dos jovencitos.
Tuve un día horrible en el trabajo, un cliente enojado no dejó de insultarme acordándose de todo mi árbol genealógico. Clientes como este hay muchos, justo hoy dio la casualidad que extrañaba más que nunca a mi madre. Por poco no terminamos a las trompadas en la oficina. Mi jefe, que es un pelotudo, no hizo más que defenderlo y, si no fuera por Lidia, la secretaria, yo ya estaría con mis cosas en una caja y revisando los anuncios de empleos de la Seguridad Social. Trabajar en atención al público, te enseña más por pena que por gloria, que no hay que llevar el trabajo a casa así que la música en mis oídos, me cambian el humor y al estar llegando a casa, allí los veo. Él tiene una bolsa de papitas fritas, ella una coca cola con dos vasos. Detengo la música y escucho que están hablando sobre lugares. Él no deja de hablar y ella lo mira, lo mira con tanta atención que hasta yo siento la ternura de su mirada. Antes de que la puerta se cierre, lo último que escuché fue “viajar”.
El bus iba abarrotado de gente, los vidrios empañados culpa de la respiración y el incesante golpe de la lluvia sobre el techo. No tenía paraguas y las dos calles que hay desde la parada hasta mi casa, las hice esquivando charcos con la misma habilidad innata que me hace pisar cada uno de los soretes de perro que hay en el parque cuando salgo a correr. Con la única diferencia que esta vez no puedo putear al dueño de la lluvia. A diez metros del portal abandono toda prisa, y bajo un paraguas negro yacía la melodía de una voz que le cantaba a la lluvia, a la vida. En cuanto cesó, pude verlo a él aplaudiendo y dándole un beso en la mejilla a su cantante preferida mientras contorsionaba las piernas para sostener el paraguas. Sonreí, y no pude dejar de pensar en ellos dos. Mientras cocinaba esa noche en la soledad de mi departamento, el aroma de una comida de dos, era sepultada una porción en la frialdad de la heladera.
Había llegado el viernes, el éxtasis del comienzo del fin de semana y la banalidad de mis ganas de emborracharme hicieron que llegara antes a casa. Cuando baje a comprar unas cervezas, entrada la nochecita, me encontré con la tristeza hecha carne. Allí estaba ella, con su coca cola, pero hoy no había papitas fritas, hoy no estaba él. Pensé que quizás él se había demorado, y seguí mi camino hacia el supermercado, el ruido de las botellas chocando entre sí marcaban un ritmo insulso, carente de creatividad. Un ruido que fue silenciado por verla en la misma postura que antes. No era mi asunto pero decidí preguntarle qué había sucedido, que donde estaba su amigo. Al principio dudó, pero terminó diciéndome la verdad. Él se fue de viaje, sus padres se lo llevaron a Estados Unidos para iniciar un tratamiento. Allí hay mejores médicos que aquí. No supe que decirle, y cuando estaba diciéndole que quizás era mejor así, un borracho que pasaba caminando me preguntó con quién hablaba.
- Gian Marco Settembrini
Categoría: Entretenerte
Silencios
No sé si me faltaron palabras o me sobraron silencios pero cuando te vi ahí sentada con él en esa cafetería, todo cambió.
Reías, reías tanto que no me molestaba que lo hicieras, al contrario, yo reía con vos pero después de unos segundos me di cuenta que no era yo quien te hacía reír. Eso dolió, de verdad, mas no por tu felicidad sino porque entendía que yo no formaría parte de ella nunca más.
Quise detenerme en la ventana y que notaras mi presencia pero de haberlo hecho tampoco hubiera sabido que hacer si te levantabas y venías hacía mí. O peor, si me mirabas y no hacías nada. Absolutamente nada.
Es curioso porque pese a no saber qué harías si me veías, me senté en el bar del frente esperando que salieras con él. La espera fue un infierno, me replanteé el paso del tiempo dándome cuenta que a tu lado el muy sin vergüenza corría y corría, pero ahora que quería que pasara rápido para poder terminar así con este martirio, se había olvidado de caminar, hasta de como avanzar. Era patético. Estaba delegando toda mi responsabilidad a un simple reloj. ¿Por qué esperar a que pase el tiempo y salieras de ahí? Si tranquilamente podía levantarme e irme bien lejos sin mirar atrás. Tal vez esa era la razón por la cual ahora te veía desde el otro lado del ventanal, en vez de tenerte sentada al frente mío. O al menos, una de las razones.
Después de una hora de espera te vi salir y salí de inmediato. Solo una calle había entre nuestras dos almas. Nos miramos y no dijimos nada. Caminaste hacía una dirección, yo hacía otra. Camine un poco, me detuve un instante y me di la vuelta para verte una vez más pero ya no estabas. Solo quedaba una bruma que se desvanecía en el aire con tu perfume y tu adiós. Un adiós que no se dijo, un adiós que nunca llegó a mis labios, a tu voz. Solo un adiós que selló un recuerdo en el corazón.
- Gian Marco Settembrini
Querer es poder
Puedo aguantar malos tratos,
puedo fingir sonrisas,
puedo hacer reír y llorar,
puedo abrazar y salir herido,
puedo consolar con mentiras,
puedo lastimar con la verdad,
puedo abstraerme de la realidad,
puedo paralizarme del miedo;
puedo tantas cosas
que me gustarían no poder
y contrariado conmigo mismo
dejaré escapar tu recuerdo
con el paso del tiempo
sabiendo que pude vivir sin vos
sin quererlo
y el “querer es poder”
solo será una contradicción
fruto de mi desolación.
- Gian Marco Settembrini
En el metro de Madrid
Estoy en el metro
subiendo escaleras para salir de él
y veo a muchos correr.
Algunos mirando sus relojes con apuro
como si llegaran tarde a algo o alguien.
O, quizás están escapando. No lo sé.
A su vez observo a varios caminando, ¿por qué ellos no corren también?
Oye, porqué yo sí estoy corriendo,
me descubro en la hilera de los que corren
y en la próxima escalera voy lentamente hacia la salida.
Lo que me preocupa es que aunque no quería correr, por momentos terminé haciéndolo como si la vida fuera una carrera.
Acaso, ¿lo es?
Tenemos que llegar a nuestros trabajos, nuestros estudios, nuestros objetivos.
Será dinero, amor, felicidad, soledad.
No lo sé.
Yo solo me senté a escribir cuando vi que todos corrían. Y los pocos que no, miraban sus móviles.
¿Qué hay allí que no encuentre uno en un viaje por el metro de Madrid?
Veo parejas enamoradas, veo rostros cansados, veo abuelos olvidados por sus nietos, veo personas sin rostro, no porque no tuvieran uno sino porque no me transmiten nada. Me pregunto cuando se animarán a ser. Veo pobreza en personas de traje y maletín, veo riquezas en personas sin ropa de marca con un libro en mano y viceversa. Veo tanto que cada tanto encuentro a alguien mirándome y yo me pregunto, qué pensaría si leyera mis pensamientos.
Estoy en el metro.
Estoy.
- Gian Marco Settembrini
Tchenronra, la ciudad de la lluvia de sueños.
Cuento.
- Así como lo ves, este es el lugar donde más sueños y esperanzas han nacido y muerto en cuestión de segundos. - Lo miraba sin entender a qué se refería ni porqué me había hablado a mí. - En un momento, le dicen a tu familia que te vas a recuperar. Y al mismo tiempo, en otra parte del mismo edificio, le dicen a otra que todo quedó en manos de Dios. ¿No te parece cruel? - Yo seguía sin contestar. ¿Qué se le contesta a ello? - Mira jovencito, te voy a contar una historia si es que no te importa. - Antes que pudiera decirle algo empezó.
Hace muchos años, cuando tenía más o menos tu edad. - ¿Cuánto tienes?- 25- Sí, poco más. Tenía 27. Pude escaparme de la ciudad y viajar a México. Siempre me había llamado la atención toda la cultura azteca. De chico me devoraba los libros de historia, sus rituales, su época de oro, sus avances tecnológicos y su astrología tan exacta, el ¡¡¡Chichen-Itza!!! Así que todos los años fui ahorrando un poco hasta tener el dinero suficiente para visitar lo más que pudiera. Estaba obsesionado. Una vez allí, en una de las excursiones por la selva me tope con lo que parecía una ciudad abandonada. Le pregunté al guía qué había sucedido y no supo responderme sin que los nervios lo traicionaran. No seguí presionando porque si algo me había enseñado la vida es que no todos mienten por maldad, y ese pobre guía no tenía la culpa de mi curiosidad tan implacante. De igual manera, no todo quedo ahí. Esa noche dormimos en la selva, en un refugio que quedaba a 5 kilómetros del lugar que llamó mi atención. Así que decidí llevarme conmigo una linterna y una botella de agua. Una vez que todos se durmieron emprendí mi aventura. La luna llena intentaba asomarse entre los pequeños huecos que dejaban las hojas de los gigantes árboles. Era una hermosa noche para contemplar a la musa de poetas y amantes. Siguiendo mi intuición fui recorriendo senderos, deteniéndome ante el más mínimo ruido en los arbustos y acelerando el paso cuando el miedo comenzaba a invadirme. Después de vagar por dos horas, pude dar con el lugar elegido. Un fuego me atraía cuán insecto. Al acercarme cada vez más lentamente me encontré con un grupo de diez personas, todas reunidas alrededor del fuego y bailando. Tocaban tambores a un ritmo desconocido para mis oídos pese a ser profesor de música. Sin embargo, aunque pareciera un ritual aborigen todos vestían ropas como yo así que no tuve miedo de hacerme ver. Apenas vislumbraron mi silueta, el silencio más oscuro se sintió en esta latitud de la tierra. Sabía que si titubeaba perdería toda credibilidad así que con voz serena, me presenté y expliqué mi motivo de estar allí. Al principio, sin recibir respuesta, comenzaba a resignar a mis sueños de la infancia. Hasta que uno de ellos, me dijo que me sentara allí a su lado. Siguieron con su baile y su música, mientras el que parecía el jefe no dejaba de mirarme.
- No le hagas caso, solo quiere intimidarte. - me dijo una joven sentada a dos personas de distancia. - Asentí en silencio. - Es que no le gustan las personas nuevas.
- Lo entiendo, muchas veces te decepcionan.
- Y otras, te sorprenden. - dijo ella sonriéndome.
Era la sonrisa más bonita que había conocido en el último tiempo. O quizás, era la luna que se reflejaba en sus dientes. No lo sé.
Terminado el baile, el jefe se levantó y dio inicio a todo. No sin antes enviar a votación mi presencia allí. Por una diferencia de dos votos, salí elegido para que me quedara. Pero para ello tenía que realizar una prueba. Les conté información comprometedora de mí, lo suficientemente desagradable para borrar la sonrisa de la chica que minutos antes me miraba cautivada. Sin embargo me bastó para tener la oportunidad de saciar mis ganas de respuestas. Quería saber qué era todo ese lugar, porqué había tantos edificios abandonados estando tan cerca de la playa. Quería saberlo todo.
Así fue como dio comienzo a una hora en la que el jefe me contó sobre Tchenronra, la ciudad que se inundó por la codicia. Su tatara abuelo había lanzado una maldición sobre esta ciudad que vio nacer, crecer y morir a su tribu. A veces la mejor manera de trascender es muriendo. En este hermoso lugar, me contaba, vivían familias indígenas felices. Siendo cazadores, pescadores, recolectores. Eran felices haciendo lo que hacían. Hasta que un día, un estadounidense con un gran capital pudo seducir al intendente del poblado. Le vendió el sueño americano a costa de la felicidad de la tribu. Empezó la construcción de hoteles, carreteras, tiendas de todo tipo, mientras que todos se movilizaban buscando impedir dicha masacre a las tierras que por años les habían pertenecido. Pero, cada duda que pudo tener el intendente fue silenciada y teñida de verde. Así fue como “El viejo” que era un chamán muy poderoso, decidió lanzar una maldición sobre esa tierra. Una vez al año lloverían pequeñas notas encapsuladas con los sueños incumplidos de sus habitantes, y al otro día 0,5 mm por cada uno de ellos. Al principio como todo el mundo vivía en paz y feliz, solo caían algunas notas encapsuladas. Pero con el pasar de los años, esa localidad fue convirtiéndose lentamente en un lugar para dejar libre todo deseo inconsciente. Los vicios tenían vía libre, no existían prohibiciones de ningún tipo. La lluvia cada vez era mayor, pero a nadie le interesaba. De hecho, el intendente usó este extraño acontecimiento para dar a conocer de manera turística a Tchenronra como “la ciudad de la lluvia de sueños.”
Después de 10 años, todo aquel que vivía en este poblado, tenía un negocio o venía con los bolsillos llenos de dinero listo para perderse en la oscuridad de su ser. Así fue como llegó el día trágico en el que la lluvia arrasó con absolutamente todo.
La tragedia fue silenciada por el gobierno mexicano, pero para todos los descendientes de la tribu significó una marca sin igual en su historia.
Y es por ello que se encontraban ahí bailando alrededor del fuego detrás de todos esos edificios abandonados, para rememorar ese acontecimiento. Quise preguntarles, qué había pasado con la maldición. Pero al otro día, al despertar, me di cuenta. Estaban lloviendo notas de papel. Ahora entendía porqué no permitían que a la excursión fueran muchas personas.
- Disculpe señor, pero y ¿qué tiene que ver esa historia con este hospital?
- Todo, jovencito. Todo. - dijo, mientras se levantaba, dejaba caer un papel y lo veía perderse en el pasillo.
El papel decía “Carlos Runirini: sueño con ser escritor”. Mi nombre.
- Gian Marco Settembrini
Resaca
Cuento.
Me miro en el espejo, el pelo desordenado y mis ojos aún entrecerrados del sueño facilitan una imagen decadente de mi. Con la cara ya lavada vuelvo hacía la habitación y ahí estás durmiendo de manera angelical.
Me dirijo hacía la cocina para prepararte el desayuno, el olor del café hoy me sabe aún más delicioso. Hacía tiempo que no me sentía así, tal vez tengas algo que ver con todo esto. Fue necesario verte dirigiéndote al baño, en tanga y con mi remera como pijama, para desmoronar toda una teoría de años. Hasta ese momento creía que nadie podía verse bien recién despierto.
- ¿Cómo dormiste? - te digo, sonriéndote.
Antes que pudieras contestar me abrazas en silencio. Fue la primera vez que supe que no te gustaba hablar por la mañana. Pero, no dejabas de abrazarme y cuando me di cuenta unas lágrimas osaban con arruinar el momento.
- ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Seguías sin decirme nada. Solo te aferrabas a mi cuerpo así que comencé a preocuparme, te separé un poco de mí y mirándote a los ojos te lo volví a preguntar, esta vez sí me respondiste:
- Simplemente quería quedarme un rato más con vos hasta que despiertes.
No entendía de qué me estabas hablando hasta que comenzó a sonar el despertador. Miré a mi alrededor, una botella de cerveza en el piso me observaba de reojo y a mi lado no había nadie. Me levanté, fui al baño, me miré en el espejo y lo supe.
No hay peor resaca que la del amor tras el adiós.
- Gian Marco Settembrini
Perdido en el tiempo
Poema desafío. Pedí que 10 personas me dijeran 10 palabras diferentes para así escribir un poema en menos de 10 minutos. Las palabras elegidas están resaltadas en negrita. El resultado en 7min 35seg fue el siguiente.
Aquellos momentos los recuerdo
con cierta nostalgia
al punto que por instantes
el llanto se adueña de mí
y pareciera querer arruinar mi porvenir.
Por suerte, cuento con mis amigos
y su lealtad que me mantienen
con fuerza, sabiendo que todavía
queda mucha vida por ser vivida.
Y, aunque los buenos momentos
aquellos cargados de sentimientos
sean el preludio de una melancolía
producida en el letargo de la noche.
Sé que llegará el día
en el que relajado y con un habano
en la mano y un whisky en la otra.
Podré tomar nota en un paradisíaco lugar
llamado felicidad.
Aunque mucho todavía no entienda
de filantropía, diría que
es todo lo que quiere una persona al finalizar el día.
- Gian Marco Settembrini
Rueditas rotas
Cuento de misterio.
Su valija con rueditas rotas. Eso fue lo último que vi de aquella misteriosa mujer. Había algo en su paso cansino que no dejaba de intrigarme sobretodo por la manera en la que arrastraba su equipaje. Era cómo si no quisiera irse pero a la vez supiera que no podía quedarse ni un minuto más. La chica era joven pero el rostro le había envejecido 10 años en solo una hora.
Yo estaba cumpliendo con mi turno de camarero cuando la vi pasar por primera vez a las 13 horas. No digo que en ese momento ella estuviese resplandeciendo de felicidad pero estaba bien. A las 14 y minutos pasó de nuevo por la puerta del bar. Esta vez con una valija. Una valija que cargaba sobre ella un peso mayor del que uno se imaginaría, eso daba a entender por su manera lastimosa de llevarla. Allí no había ropa, o al menos no era lo único. Allí, quizás, había esperanzas aniquiladas por el tiempo, promesas rotas víctimas de mentiras inútiles. No lo sé. Solo sé que verla me dieron ganas de decirle que todo iba a estar bien. Aunque, luego en un pensamiento ocasional que surgió a lo largo del día, agradecí haberle dicho nada. No sabía si esa alma en pena hubiera sido capaz de soportar un engaño más. ¿Qué certeza podría tener yo de que todo iba a estar bien? No sabía nada de su aflicción.
Antes que el dolor hecho carne en su humanidad doblara arrastrándose en la esquina, vi que del bolsillo de su abrigo caía un papel. Interrumpí la limpieza de una mesa para ir corriendo a recogerlo, supuse que debía tener algún tipo de importancia para ella. Mi intuición no falló. Era un boleto para el último tren que partía esa misma noche de Madrid a Barcelona.
Al levantar la vista, la chica ya no estaba, su aura dolorido se escondía ante mis ojos. Se había perdido en el tumulto de los caminantes sin rumbo. Regresé a mis tareas, le pregunté a mi compañero si había visto esa chica que arrastraba la valija, negó y siguió con su labor.
El resto de las horas que quedaban de mi turno me las pasé reflexionando para mis adentros sobre qué hacer con ese boleto. Luego de analizar mis distintas opciones salí de trabajar y solo tenía una certeza. Sería una noche larga.
La encontrara o no, esa noche viajaría a Barcelona.
- Gian Marco Settembrini
La torre de los susurros
Cuento.
Susurros.
Cientos de voces distintas se combaten en mi interior y todas buscan lo mismo, tener la razón. En momentos adversos incrementan su volumen hasta aturdirme con un silencio ensordecedor.
Ese mismo silencio escuché un segundo antes que se dispare el gatillo de unos delincuentes sobre mi mejor amigo. El sólo quería huir, salvarse. No pude hacer nada para ayudarlo.
He comentado tantas veces lo que sucedió esa noche. Se lo conté a la familia, a amigos, a conocidos, a desconocidos, que hasta hay días en los que cuento la historía sin una mínima expresión como si fuera un guión preparado. Cuando eso sucede se quedan mirándome consternados ante mi insensibilidad, algunos se esconden detrás de una sonrisa y emiten un juicio negativo sobre mí.
Lo que nadie sabe es lo repugnante que me siento cuando me suceden esos episodios de insensibilidad, nadie sabe que al regresar a casa lloro desconsoladamente. Intento calmar las embestidas de esas voces internas pero todo esfuerzo es en vano.
Al otro día despierto, tomo mi café, me pongo mi traje y me dirijo hacía el trabajo. Cuando vuelvo me espera la comida lista, agarro una cerveza y la bebo mirando por la ventana en dirección a la Torre de Galicia. El edificio más alto de la ciudad.
Hay veces que me pregunto qué se sentirá estar en ese último piso a 80 metros de altura. Si el viento soplará distinto o seguirá siendo solo viento, si el sol quemará mis mejillas igual que en el parque de la vuelta. Pese a vivir al otro lado de la calle nunca realicé el tour por el edificio que concluye con ese fantástico mirador de 360 grados.
Vienen cientos de personas de otras ciudades para conocer exclusivamente este mirador pero yo nunca he subido. Existen tardes en las que vuelvo antes de trabajar y puedo verlos a todos congregándose en la planta baja, más de una vez se quedaron mirándome con atención intentando convencerme que subiera con ellos. No niego que más de una vez pensé en unírmeles, algunos grupos eran más carismáticos que otros pero siempre me inventé una excusa para no hacerlo.
Ya tengo la edad suficiente para no poner en riesgo mi integridad. Desde mi último infarto mi médico me prohibe cualquier actividad que pueda acelerar mi ritmo cardiaco. Dice que puede llegar a matarme.
- Entonces, ¿qué hace subiendo con nosotros en el ascensor? - preguntó un joven que había escuchado toda mi historia con atención.
- Lo que no sabe mi médico es que yo morí esa noche en la que firmé aquel contrato.
- Espere, -interrumpió el joven- ¿usted es él? - dijo, señalando una revista Forbes que se daba al iniciar el tour y llevaba mi rostro.
Asentí en silencio.
- Pero, es millonario. Con todo respeto, está loco. Tiene más dinero del que podría ganar en diez vidas y dice que ya está muerto.
- Mi niño interior...
Antes de poder seguir hablando, se escuchó un sonido y el guía exclamó con entusiasmo que habíamos llegado al último piso.
- Chico, ¿quieres un consejo?
- Sí, por favor, Señor Galicia.
- Nunca renuncies a tus sueños y conserva a las personas que amas.
Esas fueron las últimas palabras de una de las 10 personas más adineradas del último año antes de saltar al vacío desde la torre que llevaba su nombre.
- Gian Marco Settembrini
Etiquetas de rap
Microrelato de una historia de desamor.
No puedo escuchar rap sin acordarme de vos y eso que ni te gusta. En cada beat, en cada frase me traslado a todas esas tardes y noches que te acostabas en tanga al lado mío con tus largas medias blancas.
Hoy estoy en la cama pero a mi lado solo una botella red label me hace la compañía, en vez de, tus labios rojos diciéndome palabras censurables cargadas de malas intenciones que nos llevaban del cielo al infierno a nuestro gusto sin pedirles permiso ni a Dios ni a Lucifer para arder y renacer. Una y otra vez.
Y ese cigarrillo que prendíamos después de todo mientras la respiración intentaba volver a su ritmo normal hoy se ha transformado en una etiqueta completa que colma con su humo toda mi habitación.
Todo está tan blanco, tan gris, ese fantasma no sabe salir, ya no sabe que hace aquí aunque yo sí, vino a por mí y yo solo doy otro trago más para intentar escaparle al destino inevitable de llorar por saber que fui el mayor culpable de que hoy esté hablando con seres que no existen más que en mi mente.
La botella está llegando a su fin, me cuesta seguir escribiendo, las palabras se desvanecen, aparecen, se embravecen, se apaciguan; me cuesta hasta abrir los ojos, todo este humo, todo este alcohol, todo este dolor quedan plasmados en ese rap que nunca escucharás. Ese que comencé a grabar esta tarde mientras pensaba en vos, y le convidaba letras de otro planeta a mi flow con el fin de que llegaran hasta el último trago de la botella pa’ presionar el stop a mi pum pum...pum pum...pum...pu...p...
- Gian Marco Settembrini