Un banquito

Ahí están, otra vez sentados en el banco frente a mi portal. Miro el reloj, marca las siete y media de la tarde. Me pregunto, por qué, ¿por qué siempre se sentarán ahí? Nunca los he visto entrar ni salir del edificio, ni del mío, ni de ningún otro. De hecho, tampoco los he visto caminar por la calle. Él no tendrá más de 17 y ella tampoco. Sus pieles pálida se alumbran con las farolas que yacen sobre sus cabezas. Veo como se ríen. Allí en ese banco, ellos son felices. Al menos eso parece. Aunque yo no dejo de preguntarme por qué, por qué siempre allí. 
Al rato de haber subido a mi departamento, decido salir a sacar la basura. Ya son las ocho de la noche. Y no están, ya no.

Otro día más, estoy volviendo del supermercado con los brazos cargados de bolsas. Solo pienso en llegar y dejarlo todo. Al llegar al portal, no los veo. Me parece extraño pero al abrir la puerta el egoísmo o el cansancio, saca de mi cabeza el pensamiento sobre los dos jovencitos.

Tuve un día horrible en el trabajo, un cliente enojado no dejó de insultarme acordándose de todo mi árbol genealógico. Clientes como este hay muchos, justo hoy dio la casualidad que extrañaba más que nunca a mi madre. Por poco no terminamos a las trompadas en la oficina. Mi jefe, que es un pelotudo, no hizo más que defenderlo y, si no fuera por Lidia, la secretaria, yo ya estaría con mis cosas en una caja y revisando los anuncios de empleos de la Seguridad Social. Trabajar en atención al público, te enseña más por pena que por gloria, que no hay que llevar el trabajo a casa así que la música en mis oídos, me cambian el humor y al estar llegando a casa, allí los veo. Él tiene una bolsa de papitas fritas, ella una coca cola con dos vasos. Detengo la música y escucho que están hablando sobre lugares. Él no deja de hablar y ella lo mira, lo mira con tanta atención que hasta yo siento la ternura de su mirada. Antes de que la puerta se cierre, lo último que escuché fue “viajar”.


El bus iba abarrotado de gente, los vidrios empañados culpa de la respiración y el incesante golpe de la lluvia sobre el techo. No tenía paraguas y las dos calles que hay desde la parada hasta mi casa, las hice esquivando charcos con la misma habilidad innata que me hace pisar cada uno de los soretes de perro que hay en el parque cuando salgo a correr. Con la única diferencia que esta vez no puedo putear al dueño de la lluvia. A diez metros del portal abandono toda prisa, y bajo un paraguas negro yacía la melodía de una voz que le cantaba a la lluvia, a la vida. En cuanto cesó, pude verlo a él aplaudiendo y dándole un beso en la mejilla a su cantante preferida mientras contorsionaba las piernas para sostener el paraguas. Sonreí, y no pude dejar de pensar en ellos dos. Mientras cocinaba esa noche en la soledad de mi departamento, el aroma de una comida de dos, era sepultada una porción en la frialdad de la heladera.

Había llegado el viernes, el éxtasis del comienzo del fin de semana y la banalidad de mis ganas de emborracharme hicieron que llegara antes a casa. Cuando baje a comprar unas cervezas, entrada la nochecita, me encontré con la tristeza hecha carne. Allí estaba ella, con su coca cola, pero hoy no había papitas fritas, hoy no estaba él. Pensé que quizás él se había demorado, y seguí mi camino hacia el supermercado, el ruido de las botellas chocando entre sí marcaban un ritmo insulso, carente de creatividad. Un ruido que fue silenciado por verla en la misma postura que antes. No era mi asunto pero decidí preguntarle qué había sucedido, que donde estaba su amigo. Al principio dudó, pero terminó diciéndome la verdad. Él se fue de viaje, sus padres se lo llevaron a Estados Unidos para iniciar un tratamiento. Allí hay mejores médicos que aquí. No supe que decirle, y cuando estaba diciéndole que quizás era mejor así, un borracho que pasaba caminando me preguntó con quién hablaba.

- Gian Marco Settembrini

Silencios

No sé si me faltaron palabras o me sobraron silencios pero cuando te vi ahí sentada con él en esa cafetería, todo cambió. 
Reías, reías tanto que no me molestaba que lo hicieras, al contrario, yo reía con vos pero después de unos segundos me di cuenta que no era yo quien te hacía reír. Eso dolió, de verdad, mas no por tu felicidad sino porque entendía que yo no formaría parte de ella nunca más.
Quise detenerme en la ventana y que notaras mi presencia pero de haberlo hecho tampoco hubiera sabido que hacer si te levantabas y venías hacía mí. O peor, si me mirabas y no hacías nada. Absolutamente nada.
Es curioso porque pese a no saber qué harías si me veías, me senté en el bar del frente esperando que salieras con él. La espera fue un infierno, me replanteé el paso del tiempo dándome cuenta que a tu lado el muy sin vergüenza corría y corría, pero ahora que quería que pasara rápido para poder terminar así con este martirio, se había olvidado de caminar, hasta de como avanzar. Era patético. Estaba delegando toda mi responsabilidad a un simple reloj. ¿Por qué esperar a que pase el tiempo y salieras de ahí? Si tranquilamente podía levantarme e irme bien lejos sin mirar atrás. Tal vez esa era la razón por la cual ahora te veía desde el otro lado del ventanal, en vez de tenerte sentada al frente mío. O al menos, una de las razones.
Después de una hora de espera te vi salir y salí de inmediato. Solo una calle había entre nuestras dos almas. Nos miramos y no dijimos nada. Caminaste hacía una dirección, yo hacía otra. Camine un poco, me detuve un instante y me di la vuelta para verte una vez más pero ya no estabas. Solo quedaba una bruma que se desvanecía en el aire con tu perfume y tu adiós. Un adiós que no se dijo, un adiós que nunca llegó a mis labios, a tu voz. Solo un adiós que selló un recuerdo en el corazón.

- Gian Marco Settembrini

Tchenronra, la ciudad de la lluvia de sueños.

Cuento.

- Así como lo ves, este es el lugar donde más sueños y esperanzas han nacido y muerto en cuestión de segundos. - Lo miraba sin entender a qué se refería ni porqué me había hablado a mí. - En un momento, le dicen a tu familia que te vas a recuperar. Y al mismo tiempo, en otra parte del mismo edificio, le dicen a otra que todo quedó en manos de Dios. ¿No te parece cruel? - Yo seguía sin contestar. ¿Qué se le contesta a ello? - Mira jovencito, te voy a contar una historia si es que no te importa. - Antes que pudiera decirle algo empezó.

Hace muchos años, cuando tenía más o menos tu edad. - ¿Cuánto tienes?- 25- Sí, poco más. Tenía 27. Pude escaparme de la ciudad y viajar a México. Siempre me había llamado la atención toda la cultura azteca. De chico me devoraba los libros de historia, sus rituales, su época de oro, sus avances tecnológicos y su astrología tan exacta, el ¡¡¡Chichen-Itza!!! Así que todos los años fui ahorrando un poco hasta tener el dinero suficiente para visitar lo más que pudiera. Estaba obsesionado. Una vez allí, en una de las excursiones por la selva me tope con lo que parecía una ciudad abandonada. Le pregunté al guía qué había sucedido y no supo responderme sin que los nervios lo traicionaran. No seguí presionando porque si algo me había enseñado la vida es que no todos mienten por maldad, y ese pobre guía no tenía la culpa de mi curiosidad tan implacante. De igual manera, no todo quedo ahí. Esa noche dormimos en la selva, en un refugio que quedaba a 5 kilómetros del lugar que llamó mi atención. Así que decidí llevarme conmigo una linterna y una botella de agua. Una vez que todos se durmieron emprendí mi aventura. La luna llena intentaba asomarse entre los pequeños huecos que dejaban las hojas de los gigantes árboles. Era una hermosa noche para contemplar a la musa de poetas y amantes. Siguiendo mi intuición fui recorriendo senderos, deteniéndome ante el más mínimo ruido en los arbustos y acelerando el paso cuando el miedo comenzaba a invadirme. Después de vagar por dos horas, pude dar con el lugar elegido. Un fuego me atraía cuán insecto. Al acercarme cada vez más lentamente me encontré con un grupo de diez personas, todas reunidas alrededor del fuego y bailando. Tocaban tambores a un ritmo desconocido para mis oídos pese a ser profesor de música. Sin embargo, aunque pareciera un ritual aborigen todos vestían ropas como yo así que no tuve miedo de hacerme ver. Apenas vislumbraron mi silueta, el silencio más oscuro se sintió en esta latitud de la tierra. Sabía que si titubeaba perdería toda credibilidad así que con voz serena, me presenté y expliqué mi motivo de estar allí. Al principio, sin recibir respuesta, comenzaba a resignar a mis sueños de la infancia. Hasta que uno de ellos, me dijo que me sentara allí a su lado. Siguieron con su baile y su música, mientras el que parecía el jefe no dejaba de mirarme.

- No le hagas caso, solo quiere intimidarte. - me dijo una joven sentada a dos personas de distancia. - Asentí en silencio. - Es que no le gustan las personas nuevas.
- Lo entiendo, muchas veces te decepcionan.
- Y otras, te sorprenden. - dijo ella sonriéndome.

Era la sonrisa más bonita que había conocido en el último tiempo. O quizás, era la luna que se reflejaba en sus dientes. No lo sé.

Terminado el baile, el jefe se levantó y dio inicio a todo. No sin antes enviar a votación mi presencia allí. Por una diferencia de dos votos, salí elegido para que me quedara. Pero para ello tenía que realizar una prueba. Les conté información comprometedora de mí, lo suficientemente desagradable para borrar la sonrisa de la chica que minutos antes me miraba cautivada. Sin embargo me bastó para tener la oportunidad de saciar mis ganas de respuestas. Quería saber qué era todo ese lugar, porqué había tantos edificios abandonados estando tan cerca de la playa. Quería saberlo todo.

Así fue como dio comienzo a una hora en la que el jefe me contó sobre Tchenronra, la ciudad que se inundó por la codicia. Su tatara abuelo había lanzado una maldición sobre esta ciudad que vio nacer, crecer y morir a su tribu. A veces la mejor manera de trascender es muriendo. En este hermoso lugar, me contaba, vivían familias indígenas felices. Siendo cazadores, pescadores, recolectores. Eran felices haciendo lo que hacían. Hasta que un día, un estadounidense con un gran capital pudo seducir al intendente del poblado. Le vendió el sueño americano a costa de la felicidad de la tribu. Empezó la construcción de hoteles, carreteras, tiendas de todo tipo, mientras que todos se movilizaban buscando impedir dicha masacre a las tierras que por años les habían pertenecido. Pero, cada duda que pudo tener el intendente fue silenciada y teñida de verde. Así fue como “El viejo” que era un chamán muy poderoso, decidió lanzar una maldición sobre esa tierra. Una vez al año lloverían pequeñas notas encapsuladas con los sueños incumplidos de sus habitantes, y al otro día 0,5 mm por cada uno de ellos. Al principio como todo el mundo vivía en paz y feliz, solo caían algunas notas encapsuladas. Pero con el pasar de los años, esa localidad fue convirtiéndose lentamente en un lugar para dejar libre todo deseo inconsciente. Los vicios tenían vía libre, no existían prohibiciones de ningún tipo. La lluvia cada vez era mayor, pero a nadie le interesaba. De hecho, el intendente usó este extraño acontecimiento para dar a conocer de manera turística a Tchenronra como “la ciudad de la lluvia de sueños.”
Después de 10 años, todo aquel que vivía en este poblado, tenía un negocio o venía con los bolsillos llenos de dinero listo para perderse en la oscuridad de su ser. Así fue como llegó el día trágico en el que la lluvia arrasó con absolutamente todo.
La tragedia fue silenciada por el gobierno mexicano, pero para todos los descendientes de la tribu significó una marca sin igual en su historia.
Y es por ello que se encontraban ahí bailando alrededor del fuego detrás de todos esos edificios abandonados, para rememorar ese acontecimiento. Quise preguntarles, qué había pasado con la maldición. Pero al otro día, al despertar, me di cuenta. Estaban lloviendo notas de papel. Ahora entendía porqué no permitían que a la excursión fueran muchas personas.

- Disculpe señor, pero y ¿qué tiene que ver esa historia con este hospital?
- Todo, jovencito. Todo. - dijo, mientras se levantaba, dejaba caer un papel y lo veía perderse en el pasillo.

El papel decía “Carlos Runirini: sueño con ser escritor”. Mi nombre.

- Gian Marco Settembrini

Rueditas rotas

Cuento de misterio.
Su valija con rueditas rotas. Eso fue lo último que vi de aquella misteriosa mujer. Había algo en su paso cansino que no dejaba de intrigarme sobretodo por la manera en la que arrastraba su equipaje. Era cómo si no quisiera irse pero a la vez supiera que no podía quedarse ni un minuto más. La chica era joven pero el rostro le había envejecido 10 años en solo una hora. 
Yo estaba cumpliendo con mi turno de camarero cuando la vi pasar por primera vez a las 13 horas. No digo que en ese momento ella estuviese resplandeciendo de felicidad pero estaba bien. A las 14 y minutos pasó de nuevo por la puerta del bar. Esta vez con una valija. Una valija que cargaba sobre ella un peso mayor del que uno se imaginaría, eso daba a entender por su manera lastimosa de llevarla. Allí no había ropa, o al menos no era lo único. Allí, quizás, había esperanzas aniquiladas por el tiempo, promesas rotas víctimas de mentiras inútiles. No lo sé. Solo sé que verla me dieron ganas de decirle que todo iba a estar bien. Aunque, luego en un pensamiento ocasional que surgió a lo largo del día, agradecí haberle dicho nada. No sabía si esa alma en pena hubiera sido capaz de soportar un engaño más. ¿Qué certeza podría tener yo de que todo iba a estar bien? No sabía nada de su aflicción.

Antes que el dolor hecho carne en su humanidad doblara arrastrándose en la esquina, vi que del bolsillo de su abrigo caía un papel. Interrumpí la limpieza de una mesa para ir corriendo a recogerlo, supuse que debía tener algún tipo de importancia para ella. Mi intuición no falló. Era un boleto para el último tren que partía esa misma noche de Madrid a Barcelona.
Al levantar la vista, la chica ya no estaba, su aura dolorido se escondía ante mis ojos. Se había perdido en el tumulto de los caminantes sin rumbo. Regresé a mis tareas, le pregunté a mi compañero si había visto esa chica que arrastraba la valija, negó y siguió con su labor.
El resto de las horas que quedaban de mi turno me las pasé reflexionando para mis adentros sobre qué hacer con ese boleto. Luego de analizar mis distintas opciones salí de trabajar y solo tenía una certeza. Sería una noche larga.
La encontrara o no, esa noche viajaría a Barcelona.

- Gian Marco Settembrini

La torre de los susurros

Cuento.
Susurros.
Cientos de voces distintas se combaten en mi interior y todas buscan lo mismo, tener la razón. En momentos adversos incrementan su volumen hasta aturdirme con un silencio ensordecedor.
Ese mismo silencio escuché un segundo antes que se dispare el gatillo de unos delincuentes sobre mi mejor amigo. El sólo quería huir, salvarse. No pude hacer nada para ayudarlo.
He comentado tantas veces lo que sucedió esa noche. Se lo conté a la familia, a amigos, a conocidos, a desconocidos, que hasta hay días en los que cuento la historía sin una mínima expresión como si fuera un guión preparado. Cuando eso sucede se quedan mirándome consternados ante mi insensibilidad, algunos se esconden detrás de una sonrisa y emiten un juicio negativo sobre mí.
Lo que nadie sabe es lo repugnante que me siento cuando me suceden esos episodios de insensibilidad, nadie sabe que al regresar a casa lloro desconsoladamente. Intento calmar las embestidas de esas voces internas pero todo esfuerzo es en vano.
Al otro día despierto, tomo mi café, me pongo mi traje y me dirijo hacía el trabajo. Cuando vuelvo me espera la comida lista, agarro una cerveza y la bebo mirando por la ventana en dirección a la Torre de Galicia. El edificio más alto de la ciudad.
Hay veces que me pregunto qué se sentirá estar en ese último piso a 80 metros de altura. Si el viento soplará distinto o seguirá siendo solo viento, si el sol quemará mis mejillas igual que en el parque de la vuelta. Pese a vivir al otro lado de la calle nunca realicé el tour por el edificio que concluye con ese fantástico mirador de 360 grados.
Vienen cientos de personas de otras ciudades para conocer exclusivamente este mirador pero yo nunca he subido. Existen tardes en las que vuelvo antes de trabajar y puedo verlos a todos congregándose en la planta baja, más de una vez se quedaron mirándome con atención intentando convencerme que subiera con ellos. No niego que más de una vez pensé en unírmeles, algunos grupos eran más carismáticos que otros pero siempre me inventé una excusa para no hacerlo.
Ya tengo la edad suficiente para no poner en riesgo mi integridad. Desde mi último infarto mi médico me prohibe cualquier actividad que pueda acelerar mi ritmo cardiaco. Dice que puede llegar a matarme.

- Entonces, ¿qué hace subiendo con nosotros en el ascensor? - preguntó un joven que había escuchado toda mi historia con atención.
- Lo que no sabe mi médico es que yo morí esa noche en la que firmé aquel contrato.
- Espere, -interrumpió el joven- ¿usted es él? - dijo, señalando una revista Forbes que se daba al iniciar el tour y llevaba mi rostro.

Asentí en silencio.

- Pero, es millonario. Con todo respeto, está loco. Tiene más dinero del que podría ganar en diez vidas y dice que ya está muerto.
- Mi niño interior...

Antes de poder seguir hablando, se escuchó un sonido y el guía exclamó con entusiasmo que habíamos llegado al último piso.

- Chico, ¿quieres un consejo?
- Sí, por favor, Señor Galicia.
- Nunca renuncies a tus sueños y conserva a las personas que amas.

Esas fueron las últimas palabras de una de las 10 personas más adineradas del último año antes de saltar al vacío desde la torre que llevaba su nombre.

- Gian Marco Settembrini

La cuna se vuelve a mecer

Cuento. El protagonista visita la ciudad que siempre había querido conocer pero se encuentra con una gran sorpresa. No hay que conocer a tus ídolos, eso dicen…
Me encuentro en un café en la Plaza Cervantes, Alcalá de Henares.
La vista es inmejorable, me senté al lado de una ventana donde puedo visualizar las callecitas antiguas de la ciudad. A su vez, puedo perderme con la vista hacía la plaza llena de pequeñas flores amarillas, bancos de madera, donde palomas descansan unos minutos hasta que algún niño pasa corriendo, y una estatua de Miguel de Cervantes, justo en medio de todo el asunto. Diría que es una obligación perderse en el tiempo mirando esa escena. Las flores amarillas me recuerdan a los girasoles que pintaba Van Gogh aunque éstas en nada se le parecen. A Cervantes, ¿le hubiera gustado el arte de Van Gogh? ¿El pintor habría leído al escritor?

El paso del tiempo puede evidenciarse en los cinco mil metros cuadrados de extensión que componen la Plaza Mayor (así es llamada por los locales). Se respira historia, jóvenes universitarios y adultos mayores se mezclan en uno de los lugares cumbres de la literatura. Todos siguen con sus rutinas, a algunos ni les interesa todas las personalidades que caminaron las mismas callecitas y diagonales, que ellos transitan ahora mirando hacía abajo mientras envían un mensaje con su móvil. Pero, ¿quién soy yo para juzgar? Si estoy observando todo como un turista, ¿cómo podría culparlos? A mi todo me fascina, es lógico, esta ciudad es nueva para mí y retrato cada instante en mi retina. Puedo observar a los náufragos presos del día a día. Los reconozco porque así miraban los turistas que llegaban a mi ciudad, así me miraban. Pero ahora estoy muy lejos de ella.

Ojalá siempre pueda observar todo como un “turista recién llegado” aunque la rutina ya sea parte de mi vida. Me di cuenta que en cada ciudad la belleza habita camuflada en la cotidianidad, cuando uno de esos náufragos dejó de caminar para retratar el sol naranja que comenzaba su desfile para dar lugar, en unas horas, a la invitada estelar de la noche. Recordé los atardeceres de mi Córdoba natal con cierto sentimentalismo.

Estoy en la ciudad cuna de uno de los mejores escritores que conoció el habla hispana y yo, acá, intentando seguir alguno de los pasos que han seguido varios escritores: exilio, viajar, lápiz y papel. Pero no se me ocurre nada. En mis manos llevo un libro de Borges, un ensayo sobre el tiempo y la eternidad. Le doy un mordisco a mi croissant pensando que así podré alimentar alguna de esas ideas que llevo dentro. Aunque, ¿cómo sé que están ahí? Es decir, si las tengo muy dentro de mí, por qué no salen a lucirse en este atardecer. En la mesa del lado hay dos chicas, una de ellas no deja de mirarme. Quizás le llama la atención que lleve un libro, un cuaderno y un lápiz. Tal vez se pregunte si estoy escribiendo sobre ella. Puede que esté pensando en absolutamente cualquier otra cosa pero me mira. Me mira. Aunque, da igual lo que esté suponiendo porque no sale nada, solo escribo y tacho. Escribo y tacho. Leo por debajo de aquellas tachaduras y la pena comienza, poco a poco, apoderarse de mí. Después de este café voy a pedirme una copa de vino, pienso mientras miro hacia la mesa del lado.

¿Por qué tengo tanta seguridad sobre lo que llevo dentro? Si lo llevo dentro, ¿por qué no se hace presente? ¿Por qué otros no lo ven? Ya hace tiempo que dije que quería escribir una película y nada, luego quise empezar de manera un poco menos ambiciosa con un cortometraje y nunca pude filmarlo. Solo tenía tres personajes y ni así logré filmarlo. Patético. Comienzo a pensar que soy un fraude. Suena fuerte esa palabra, hasta diría que me da un poco de miedo porque si no puedo ser escritor, ¿qué será de mi vida? Enserio, no sé quién soy sin mis palabras, sin las emociones que genero en los que me leen.

Así que, por favor ideas, lúzcanse un poco, no les pido ni una sola página, hoy solo necesito aunque sea un párrafo. Hablo con el mozo, al igual que yo, se nota que él tampoco es de España pero claramente no es latinoamericano, su piel pálida, sus ojos celestes y pelo rubio terminan de comprobar mi hipótesis cuando escucho su español tan malo.
Le pedí una copa de tinto y cuando lo vi irse comencé a envidiarlo un poco. Pensé en la suerte que tenía de poder venirse a España con tanta facilidad, él estaba a unos cientos de kilómetros, yo me encontraba a miles de kilómetros de mi familia, seguro sus padres lo mantienen desde Alemania o quizás Polonia, de todos modos, lugares mucho más estables económicamente que mi Argentina. Él provenía de un lugar donde sus padres podrían mandarle dinero sin complicación alguna y yo tenía a mi madre con mi hermana sobreviviendo con lo justo, y aunque ellas tuvieran la posibilidad, el gobierno les impedía prácticamente enviarme dinero alguno.
Toda mi envidiosa divagación fue interrumpida con un “Acá está la copa y el mejor queso para un futuro escritor” en un español espantoso. Le sonreí y comencé a sentirme mal por lo que había pensado hacía unos minutos. Al fin y al cabo, el no tenía la culpa de la situación política-económica de mi país. Además, él podría estar de fiesta por allí con una española en cada brazo o con cualquier muchacho o con quién sea, no viene al caso, y en vez de eso se encontraba trabajando porque se sentía un poco culpable al saber que sus padres le daban todo, mientras él había reprobado algunas materias de la carrera de ingeniería química, según lo que me contaría después.

Jürgen era un buen muchacho pero yo no, no solo que era prejuicioso sino que también me vanagloriaba de ser escritor y hoy no podía escribir ni un párrafo. ¿Bloqueo de escritor? Hacía meses estaba bloqueado. Me quedé pensando en mi recelo hacía el danés, me puse a pensar en cómo un momento me creía un ser especial, y al otro, pertenecía al inframundo de la miseria acusándolo de varios supuestos sin fundamento. Cada uno lleva consigo historias, historias que aunque no las relate, existen; historias que duelen, historias que hacen reír, historias que entretienen, simplemente historias. Y yo, sin saber por qué, creía que mis historias dolorosas eran más dolorosas que las suyas, como si el dolor se pudiera medir en una escala. ¿Existe esa escala? ¿Se mide en lágrimas? ¿En traumas a tratar con un psicólogo? ¿O se mide con la típica escala del 1 al 10? Es más, ¡¿por qué lo tomaba como una competencia?! ¡Oh, sí, qué bueno, yo soy el que más dolor sufre! ¡Felicitaciones, aquí tiene su premio, estúpido ególatra! Todo esto era absurdo. Pensándolo bien, quizás, esta era mi manera de huir a las responsabilidades. Si cerraba heridas, ya no tendría la excusa de no hacer algo porque duele. Algún día, años después, entendería que aunque duela hay que seguir adelante.

Volviendo al asunto de los prejuicios. Todo el mundo en cierta medida es prejuicioso, lo sé, quizás hasta estoy siendo un poco duro conmigo mismo, pero, ¿Y si por ser demasiado blando fue que pensé todo esto sobre Jürgen? No lo sé, solo sé que la diferencia es que algunos aceptan esa parte de su ser e intentan luchar contra ella y otros la muestran sin ningún tipo de escrúpulo. Ya no distinguía a qué grupo pertenecía.

En este momento, en el café existían tres personas pendientes de lo que escribía, el danés quién quizás no le interesara el contenido de mi escritura, solo que siguiera consumiendo. De hecho, me parece que era el que más se alegraba de que no me salieran las ideas para escribir. La otra chica, quién también podría serle indiferente mi trabajo con el papel pero le servía como fuente de conversación para seguir pasando tiempo con su persona favorita en el mundo. En tanto, su amiga, la que me miraba cada dos por tres, quién ignoraba los sentimientos de su amiga, vamos a llamarle Agustina, ella podría ser la única interesada en leerme.

Comencé a mirar mi copa de vino, solo le quedaba un trago más y me encontré preguntándome a mí mismo sobre la primera vez que había tomado vino.
Era una noche de invierno, recordé, casi tan fría como ésta, donde por primera vez me presentaba a un recital de poesía. Mis nervios estaban carcomiéndome por dentro así que con dos copas intenté calmarlos un poco, sin embargo todo esfuerzo fue vano. En ese momento recordaba alguno de los libros que tenía durmiendo en mi biblioteca, se venía a mi mente la imagen de Charles Bukowski subiendo a recitar al escenario con una pequeña heladera llena de latas de cerveza a su lado.

De repente, tras terminar esa copa me surgió un deseo inédito de que Agustina escuchara uno de mis poemas. Entonces empecé a buscar en mi cuaderno alguno que pudiera recitarle pero no encontré ninguno; más bien no encontré ninguno que no haya sido inspirado en otra persona. Quizás la fidelidad en pareja me costaba mucho pero si de poemas se trataba ahí todo cambiaba. Jamás dedicaría las mismas palabras a dos personas diferentes. Capaz el miedo a terminar de confirmar que no llegaría a ningún lado escribiendo era mayor a caer en la tentación de dedicar los mismos poemas.
Mientras buscaba a Jürgen para pedirle otra copa, me di cuenta que no había poema alguno que podría recitarle a ella, además no había ningún micrófono. Solo una especie de escalón que se encontraba entre la puerta del baño y la barra. Podría servir de escenario, pensé.

La segunda copa llegó, una idea comenzaba a gestarse pero no para escribirse en papel sino para ser vivida. Impresionar a una desconocida de pelo castaño, ojos verdes y una sonrisa enigmática. Sin embargo, sin saberlo, otro obstáculo se avecinaba. No tenía nada que leerle, mi reloj se había detenido y comencé a medir mi tiempo en el café y las copas que había bebido. Si estaba feliz, el café por lo general me duraba un poco más, algo así como 15 minutos aunque si estaba triste me duraba menos, en tanto una excepción no se asomase, si esto sucedía me duraba unos 20 minutos. Hoy al principio me sentía feliz pero con los minutos todo comenzó a diluirse así que calcule que el café me duró poco menos de 20 minutos.
Con respecto al vino todo era relativo, ¿sabes? Si estaba feliz pero tranquilo me duraba unos 15 minutos la copa, pero si quería celebrar alcanzaba los 5 minutos con suerte; en cambio, si estaba triste duraba menos que cuando quería celebrar algo. De chico había aprendido a escaparle a mis penas ahogándome en alcohol. Sin que él lo supiese, lo había aprendido de mi padre. No son las mejores enseñanzas que deberían ser transmitidas a un hijo pero era las únicas que recordaba. Ya hacía un largo tiempo que no sabía nada de él. Prefería eso a no tener nada.
Terminé de hacer las cuentas y me di cuenta que a la media hora de comenzar el café fue cuando terminé la segunda copa de vino.

Abrí mi libro de Borges buscando un poco de inspiración, buscando algo que me llevara a escribir, ya estaba desinhibido así que pude escribir un poco antes que llegara el mozo.

<< El tiempo que discurre mientras escribo estas palabras fueron porvenir mientras la primera letra se asentaba sobre el papel, presente cuando me posaba sobre la palabra en cuestión y pasado cuando terminé de escribir todo.
Lo paradójico de todo esto es que yo nunca sospeché que estas serían, al final de todo, las palabras que terminaría escribiendo. Una pausa para recobrar impulso, y otra vez me encuentro en el pasado, presente y futuro. ¿Esto sería como la eternidad? ¿No poder diferenciar los tiempos?, o mejor dicho, identificar los tres al mismo momento.
Pero, ¿Qué es un momento? Si ni siquiera puedo lograr discernir el tiempo, ni atribuírselo a un “aquí y ahora”. Comienzo a pensar que todo esto no es más que un invento implícito y aceptado por todos en silencio para intentar justificar nuestra existencia y darle algún sentido a nuestra vida.>>

Jürgen llegó con la tercer copa y un plato de jamón ibérico. Ese bocadillo me salvaría de hacer el ridículo frente a todo el bar. Lo necesitaba más que impresionar a Agustina.
No sé si era Borges o el vino pero las palabras comenzaron a fluir río abajo sin obstáculos. Cuando escribí algo que parecía digno de ser leído me levanté sonriente y me dirigí hacia el baño sabiendo que en unos minutos tendría la posibilidad de impresionarla.

Al regresar, preso de mi emoción fui hacia la barra, hablé con el dueño del bar, le comenté mi idea. Me dijo que lo iba a consultar con su mujer. Volví hacía mi mesa, Jürgen me acercó una cerveza, le pregunté si había novedades y negó con la cabeza en silencio. Me preocupaba que Agustina se fuera, ya había pasado hora y cuarto desde que yo había llegado y según el danés ellas me llevaban 30 minutos de ventaja. En cualquier momento se irían. Mediando mi cerveza se apareció Elsa, la mujer de Jorge, ambos dueños del bar, y me dijo que le encantaba mi idea de recitar poesía. Ella era una de las pocas románticas que seguía en pie tras tantos años absorbiendo la superficialidad que hoy predomina en todo el planeta. “En 10 minutos te presentas. Éxitos joven.”
Al irse, Elsa miraba a un grupo de chicas que se encontraba en medio del bar pensando que lo que recitaría sería para alguna de ellas.

Los nervios volvían a correr por mí como aquél primer recital de poesía pero esta vez me sabían distintos, se toleraban. ¿Sería por el amor? ¿Era el alcohol el culpable una vez más? ¿Se podría uno enamorar a primera vista?¿Era amor? ¿Acaso así sabe el amor? ¿El amor a qué sabe? ¿Tiene sabor? ¿Existe? No lo sé.

Me presenté ante todo el bar como recién llegado de Argentina y antes que surgiera cualquier tipo de murmullo comencé a recitar. El primer poema no tenía título, trataba sobre dejar tu tierra y lanzarte a lo desconocido, conté un poco de mi ciudad; el segundo poema fue un poco más cómico para borrar cualquier estigma de dolor que pudiera haber surgido y obtuvo algunas carcajadas. El último, la frutilla del postre, era uno dedicado exclusivamente a quién me había robado los pensamientos aunque sea por una tarde, ella no lo sabía. Ese poema se ganó las lágrimas de Elsa y las de algún que otro romántico desperdigado por el salón escondido en una cara seria. Al final me despedí y los aplausos inundaron el bar siendo la introducción para unas canciones de Queen.

Ya en mi mesa, se acercó Jürgen con una medida de whisky, “cortesía de la casa” me dijo. Miré hacía la barra y Elsa me sonreía. Barrí con mi mirada el resto del bar y me di cuenta que Agustina no estaba. Comencé a inquietarme así que antes que Jürgen se retirara, le pregunté al respecto de las dos chicas que estaban en la mesa del lado, más específicamente sobre cuándo se habían ido. Extrañado, me pidió que le repitiera la pregunta porque pensó que había escuchado mal, cuando le repetí me dijo que allí nunca se habían sentado dos chicas; es más, que hacía horas esa mesa estaba vacía, aclaró. Pensé que me estaba tomando el pelo, así que con un tono rezongón le recordé que había dicho que me llevaban media hora de ventaja, entonces me aclaró que se refería al grupo de chicas que estaba un poco más allá, ya que eran las únicas jóvenes de mi edad.

Lo dejé ir en paz y comencé a dudar de mí. ¿Ya estaba ebrio? ¿Cómo podría ser eso posible? Si había recitado increíblemente, o ¿no? ¿Dónde estaba Agustina? ¿Su mirada? ¿Su amiga?
Fui al baño nuevamente, necesitaba lavarme la cara y refrescar un poco mis ideas. Al levantar la vista hacía el espejo, mi rostro había envejecido como nunca antes. Parecía otro. El cuello de mi camisa blanca estaba sucio, de un color entre cobrizo y marrón, como solo puede lograrlo el pasar de los años. Miré hacía mis zapatos, el cuero más desgastado que había visto en mi vida. ¿Qué está ocurriendo conmigo? ¿Cómo me permitía salir así a la calle? Ahora entiendo porqué se fue Agustina, si mi aspecto es lastimoso para los ojos de cualquiera.
Volví a mi mesa donde ya no tenía ningún espejo que reflejase otra decadente parte de mí y proseguí con mi vaso de whisky mientras disfrutaba de un buen rock and roll. Pensé en lo lindo que sería compartir un momento así con alguien. Pero, no tenía a nadie. Me tenía a mí, y hoy eso me bastaba.

Mirando el fondo, ya vacío, de mi vaso de whisky me di cuenta que se traslucía en mi cuaderno una frase recién escrita.
“Nunca escribas para impresionar; escribe para ti, escribe con sinceridad, y el resto, solo se impresionará. Al mundo le hacen falta personas que digan y vivan por la verdad.”

Miré mi reloj, el que creía que estaba roto. Solo habían pasado cinco minutos, el croissant solo tenía un mordisco, el café seguía allí y en mi mano un lápiz.
Cervantes, siglos después, seguía escribiendo.

- Gian Marco Settembrini

Feliz Cumple Kevin

Cuento de terror.

Recién había salido del trabajo mientras caminaba por la calle. Dos calles de subida, dos de bajada para llegar a la avenida donde tomaba el colectivo. Día de calor, y lo único que quería hacer era llegar a mi casa, comer y recostarme un rato, detener el tiempo aunque sea un instante. Pero al llegar a la parada el cielo comenzó a comportarse extraño. Era de esos días en los que por la mañana puede salir el sol, y con el pasar de las horas teñirse todo de gris. El viento cada vez era más y más fuerte. En fin, cuando llegué a la esquina no lo podía creer. Era una escena espeluznante. Cada paso que daba en dirección del auto que se encontraba detenido, más palpitaba mi corazón. Solo podía ver una pierna y un brazo. Nada más. Estaba frente a una florería muy reconocida del barrio. Mire dentro del local, no había nadie. Eso me extrañó. Quizás hoy abrían más tarde, pensé. El viento seguía aumentando su velocidad, me tomé la cabeza para que no se me vuele la gorra y me acordé que hoy no la había traído. Reí por dentro cómplice de mi olvido. Aunque la alegría no duro lo suficiente. Al asomarme por el vehículo ahí lo encontré a José. El dueño de la florería. La sangre bajaba lentamente desde su cuello por todo su brazo y todo su pecho. Empecé a gritar desesperado, que me ayudaran. Pero nadie me hacía caso, todos me miraban y agilizaban su paso alejándose de mí. Corrí hacía dos jóvenes que se encontraban a unos metros, y les pedí por favor que me ayudaran. Notaron la preocupación en mi rostro que sin dudarlo me acompañaron hasta el auto. Le pedí a uno de ellos que le sostuviera el cuello mientras llamaba a la ambulancia. Siempre caminaba al hablar así que empecé a alejarme unos metros mientras el contestador del celular me indicaba que me habían cortado la línea telefónica por falta de pago. Recordaba haberla pagado esta mañana pero se ve que estos hijos de puta no saben hacer bien su trabajo. Antes de seguir enojándome me di cuenta que podía pedirle a uno de los jóvenes que llamaran a la ambulancia.

Al volver la vista hacia el auto. Ya no estaban. Ya no estaba ni José, ni la pareja de jóvenes, no había nada, ni nadie. Me froté los ojos intentando secarme la transpiración. El viento ya se había calmado un poco. ¿Dónde se fueron? Juro que los vi. No pude habérmelo inventado todo. Sé que en el pasado había tenido unos picos de estrés bastantes fuertes, que tenía que tomar una decisión importante, pero mi psicologa, Adriana, ya me había dado el alta hace mucho tiempo.

Me subí al colectivo como lo había planeado anteriormente pero seguía sin entender nada de lo que había pasado. Sentado en el fondo, miraba por la ventana, la brisa me despeinaba y yo solo pensaba. Me preguntaba que tan real es esta vida que vivimos, si tal vez no seremos marionetas manejadas por las grandes corporaciones, por China y Estados Unidos o si además de ser controlados por ellos mientras nos escuchan por nuestros celulares, también hay vida fuera de este planeta. Era invadido por una avalancha de pensamientos que me asfixiaban por lo insignificante de mi existencia en este mundo.

Al llegar a casa, toda esa presión que sentía hacía unos minutos me había abandonado y ahora estaba un poco más tranquilo, saludé a mi perro como de costumbre y me puse un short con el escudo de Belgrano. Era una tarde realmente calurosa. Fui hacia la heladera. Nada, no había nada. Maldije por lo bajo. Marlow no dejaba de lamerme. ¡Basta Marlow! ¿Qué pasa que me lames tanto? En cuanto la mirada llegó a mis piernas, volví a espantarme. Eso era sangre, no podía ser otra cosa. ¿De dónde había salido si todo me lo había inventado? Sin dudas, algo no andaba bien. Mejor tomo un vaso de agua e intento recostarme un rato. Dormir siempre me ayudaba cuando la vida se me empezaba a venir encima.

Al cabo de tres horas, ya era de noche. La sangre en mis piernas no estaba más. Sentí un alivio como pocos. Bueno, llegó el momento de sacar a pasear a Marlow. Me di cuenta que no estaba acostado al lado mío. Comencé a buscarlo. ¿Dónde se habrá metido este perro? ¡Marlow, Marlow, Marlow! Lo busqué en todas las habitaciones y no estaba. ¿Cómo se puede haber escapado? Si estamos en un quinto piso, y cerré todas las puertas antes de acostarme, o ¿no lo hice? Empecé a revisar cada una de ellas. La que daba al balcón interno, cerrada. La de la puerta de entrada, cerrada. Hasta que dirigí la mirada hacía la del balcón que daba a la calle. Me arrodillé mientras intentaba detener con mis manos las lágrimas que comenzaban a brotar de mi rostro. La puerta estaba abierta. ¡NO, EL BALCÓN NO, por favor Marlow! Luego de unos minutos, me llené de valor y caminé lentamente hacía allí. Me detuve antes de poder asomarme. No quería mirar hacia abajo. No quería ver muerto a mi perro. Paso a paso me abalancé sobre la reja del balcón, bajé la mirada y ahí estaba. Ahí estaba todo igual que siempre, por suerte. Las mismas plantas feas de todos los días. Todo igual. Sentí que de a poco el alma me volvía al cuerpo.

Bueno al menos no se suicidó pero a dónde estará ese maldito perro. Ya era hora de que apareciera después del susto que me había dado. Salí a buscarlo por todo el edificio, preguntándoles a los vecinos si lo habían visto. Nadie sabia nada, algunos parecía que ni sabían de lo que estaba hablando. Me cerraban la puerta en la cara al verme. Hacía cinco años vivíamos ahí, qué manga de imbéciles que eran para no recordar haber visto un perro.

Al regresar de una búsqueda totalmente en vano, las paredes habían cambiado a un tono rojizo. Frote mis ojos pero las paredes seguían manteniendo su tono rojizo. Otra vez, el no tomar las pastillas empezaban a jugarme una mala pasada. Fui hacia la heladera y al abrirla, me quedé paralizado con lo que estaba viendo. Marlow estaba cortado en pedacitos en una bandeja llena de sangre. Lo único que conservaba era su cabeza, sobre su hocico entre sus ojos había una vela con un papel que decía "Feliz Cumpleaños Kevin".

Me desperté alrededor de las tres de la mañana tendido en el suelo de la cocina con un dolor de cabeza insoportable. Recordaba muy poco de lo sucedido. Pero si de algo estaba seguro es que solo había una persona en el mundo que sabía mi verdadero nombre. Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así. Y esa persona ya estaba muerta. Mi psicologa sabía mucho de mí. Tenía que hacerlo para poder desaparecer y renacer en una nueva vida. Que nada estropeara mi nuevo yo, solo eso quería. Al principio dudaba si era necesario matarla, pero el saber que ella poseía el poder suficiente para destruir toda mi obra de teatro, es decir toda mi vida, me carcomía la cabeza.

Igual, seguía sin entender, cómo podía haber llegado ese mensaje ahí. Fui hacía la heladera para poder deshacerme de Marlow. Ya no estaba.

¡Qué carajo está pasando por mi cabeza! ¡Qué me pasa! No pueden desaparecer los muertos así, la sangre es real, yo la sentí. No se va así como si nada. Me miré la remera y tenía manchas de sangre. ¡Es de verdad! ¡No estoy loco! ¡La sangre existe, no estoy loco jua jua jua no lo estoy! Esto hay que festejarlo y qué mejor manera de hacerlo que bebiéndome los tres vinos que había guardado para el fin de semana.

Una hora y cuarto después, cuando estaba por descorchar el tercer vino, vi que una sombra caminaba hacia el baño. O al menos eso creí ver. De igual manera había llegado el momento de evacuar, me estaba meando encima. Hice lo que tenía que hacer de manera automática cuan robot, me dirigí al lavabo de manos, prendí la luz y ahí lo vi en el espejo. Tenía sangre por todo mi rostro, había sangre en el lavabo, en todo el baño había sangre. ¡Qué mierda había pasado!

Corrí la cortina de baño y en la bañera encontré las paredes escritas con sangre que decían “No hay explicaciones, solo somos emociones”. En la bañera yacía sin vida el cuerpo de Marlow. Comencé a vomitar todo el vino que había ingerido hasta ese momento cuando empezó a sonarme el celular. Al atender solo escuché una respiración que lo único que supo decir en voz baja fue “Feliz cumpleaños Kevin”. Segundos después, escuché el timbre sonar. Tomé el primer cuchillo que encontré en la cocina y me dirigí lentamente hacia la puerta. Pregunté por quién era, y nadie contestó. Abrí rápidamente y cuando estaba por lanzar la primer cuchillada, me detuve al ver que Marlow saltaba de felicidad. Un vecino lo había encontrado jugando en el parque delantero del edificio. La palidez de mi vecino me dijo que vio la muerte a unos segundos.

Entramos, nos sentamos en el sillón con Kevin cuando en la mesa vi un papel. Me dirigí a él, lo abrí y ahí tenía escrito “No hace falta morir para sentirse muerto. Nos vemos pronto, Kevin.”

- Gian Marco Settembrini