Te quiero pero…

Pasó tu cumpleaños y no te saludé. Lo sé. No lo hice por malicia sino más bien por amor. Llegó el momento de dejar que un frío adiós, ese que nos dijimos tiempo atrás y que nunca fue real, comience a surtir efecto. Porque ya no nos queda nada más para robarle a nuestros recuerdos, y menos si cuando tuvimos la oportunidad de crear nuevos nos dejamos dominar por los mismos miedos del pasado. 
Te quiero, seguramente siempre lo haré pero no puedo seguir aferrado al ayer.
Prefiero creer que puedo volver amar a estar mirando la puerta y el reloj por si algún día decides regresar.
Te quiero pero…

- Gian Marco Settembrini

Feliz Cumple Kevin

Cuento de terror.

Recién había salido del trabajo mientras caminaba por la calle. Dos calles de subida, dos de bajada para llegar a la avenida donde tomaba el colectivo. Día de calor, y lo único que quería hacer era llegar a mi casa, comer y recostarme un rato, detener el tiempo aunque sea un instante. Pero al llegar a la parada el cielo comenzó a comportarse extraño. Era de esos días en los que por la mañana puede salir el sol, y con el pasar de las horas teñirse todo de gris. El viento cada vez era más y más fuerte. En fin, cuando llegué a la esquina no lo podía creer. Era una escena espeluznante. Cada paso que daba en dirección del auto que se encontraba detenido, más palpitaba mi corazón. Solo podía ver una pierna y un brazo. Nada más. Estaba frente a una florería muy reconocida del barrio. Mire dentro del local, no había nadie. Eso me extrañó. Quizás hoy abrían más tarde, pensé. El viento seguía aumentando su velocidad, me tomé la cabeza para que no se me vuele la gorra y me acordé que hoy no la había traído. Reí por dentro cómplice de mi olvido. Aunque la alegría no duro lo suficiente. Al asomarme por el vehículo ahí lo encontré a José. El dueño de la florería. La sangre bajaba lentamente desde su cuello por todo su brazo y todo su pecho. Empecé a gritar desesperado, que me ayudaran. Pero nadie me hacía caso, todos me miraban y agilizaban su paso alejándose de mí. Corrí hacía dos jóvenes que se encontraban a unos metros, y les pedí por favor que me ayudaran. Notaron la preocupación en mi rostro que sin dudarlo me acompañaron hasta el auto. Le pedí a uno de ellos que le sostuviera el cuello mientras llamaba a la ambulancia. Siempre caminaba al hablar así que empecé a alejarme unos metros mientras el contestador del celular me indicaba que me habían cortado la línea telefónica por falta de pago. Recordaba haberla pagado esta mañana pero se ve que estos hijos de puta no saben hacer bien su trabajo. Antes de seguir enojándome me di cuenta que podía pedirle a uno de los jóvenes que llamaran a la ambulancia.

Al volver la vista hacia el auto. Ya no estaban. Ya no estaba ni José, ni la pareja de jóvenes, no había nada, ni nadie. Me froté los ojos intentando secarme la transpiración. El viento ya se había calmado un poco. ¿Dónde se fueron? Juro que los vi. No pude habérmelo inventado todo. Sé que en el pasado había tenido unos picos de estrés bastantes fuertes, que tenía que tomar una decisión importante, pero mi psicologa, Adriana, ya me había dado el alta hace mucho tiempo.

Me subí al colectivo como lo había planeado anteriormente pero seguía sin entender nada de lo que había pasado. Sentado en el fondo, miraba por la ventana, la brisa me despeinaba y yo solo pensaba. Me preguntaba que tan real es esta vida que vivimos, si tal vez no seremos marionetas manejadas por las grandes corporaciones, por China y Estados Unidos o si además de ser controlados por ellos mientras nos escuchan por nuestros celulares, también hay vida fuera de este planeta. Era invadido por una avalancha de pensamientos que me asfixiaban por lo insignificante de mi existencia en este mundo.

Al llegar a casa, toda esa presión que sentía hacía unos minutos me había abandonado y ahora estaba un poco más tranquilo, saludé a mi perro como de costumbre y me puse un short con el escudo de Belgrano. Era una tarde realmente calurosa. Fui hacia la heladera. Nada, no había nada. Maldije por lo bajo. Marlow no dejaba de lamerme. ¡Basta Marlow! ¿Qué pasa que me lames tanto? En cuanto la mirada llegó a mis piernas, volví a espantarme. Eso era sangre, no podía ser otra cosa. ¿De dónde había salido si todo me lo había inventado? Sin dudas, algo no andaba bien. Mejor tomo un vaso de agua e intento recostarme un rato. Dormir siempre me ayudaba cuando la vida se me empezaba a venir encima.

Al cabo de tres horas, ya era de noche. La sangre en mis piernas no estaba más. Sentí un alivio como pocos. Bueno, llegó el momento de sacar a pasear a Marlow. Me di cuenta que no estaba acostado al lado mío. Comencé a buscarlo. ¿Dónde se habrá metido este perro? ¡Marlow, Marlow, Marlow! Lo busqué en todas las habitaciones y no estaba. ¿Cómo se puede haber escapado? Si estamos en un quinto piso, y cerré todas las puertas antes de acostarme, o ¿no lo hice? Empecé a revisar cada una de ellas. La que daba al balcón interno, cerrada. La de la puerta de entrada, cerrada. Hasta que dirigí la mirada hacía la del balcón que daba a la calle. Me arrodillé mientras intentaba detener con mis manos las lágrimas que comenzaban a brotar de mi rostro. La puerta estaba abierta. ¡NO, EL BALCÓN NO, por favor Marlow! Luego de unos minutos, me llené de valor y caminé lentamente hacía allí. Me detuve antes de poder asomarme. No quería mirar hacia abajo. No quería ver muerto a mi perro. Paso a paso me abalancé sobre la reja del balcón, bajé la mirada y ahí estaba. Ahí estaba todo igual que siempre, por suerte. Las mismas plantas feas de todos los días. Todo igual. Sentí que de a poco el alma me volvía al cuerpo.

Bueno al menos no se suicidó pero a dónde estará ese maldito perro. Ya era hora de que apareciera después del susto que me había dado. Salí a buscarlo por todo el edificio, preguntándoles a los vecinos si lo habían visto. Nadie sabia nada, algunos parecía que ni sabían de lo que estaba hablando. Me cerraban la puerta en la cara al verme. Hacía cinco años vivíamos ahí, qué manga de imbéciles que eran para no recordar haber visto un perro.

Al regresar de una búsqueda totalmente en vano, las paredes habían cambiado a un tono rojizo. Frote mis ojos pero las paredes seguían manteniendo su tono rojizo. Otra vez, el no tomar las pastillas empezaban a jugarme una mala pasada. Fui hacia la heladera y al abrirla, me quedé paralizado con lo que estaba viendo. Marlow estaba cortado en pedacitos en una bandeja llena de sangre. Lo único que conservaba era su cabeza, sobre su hocico entre sus ojos había una vela con un papel que decía "Feliz Cumpleaños Kevin".

Me desperté alrededor de las tres de la mañana tendido en el suelo de la cocina con un dolor de cabeza insoportable. Recordaba muy poco de lo sucedido. Pero si de algo estaba seguro es que solo había una persona en el mundo que sabía mi verdadero nombre. Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así. Y esa persona ya estaba muerta. Mi psicologa sabía mucho de mí. Tenía que hacerlo para poder desaparecer y renacer en una nueva vida. Que nada estropeara mi nuevo yo, solo eso quería. Al principio dudaba si era necesario matarla, pero el saber que ella poseía el poder suficiente para destruir toda mi obra de teatro, es decir toda mi vida, me carcomía la cabeza.

Igual, seguía sin entender, cómo podía haber llegado ese mensaje ahí. Fui hacía la heladera para poder deshacerme de Marlow. Ya no estaba.

¡Qué carajo está pasando por mi cabeza! ¡Qué me pasa! No pueden desaparecer los muertos así, la sangre es real, yo la sentí. No se va así como si nada. Me miré la remera y tenía manchas de sangre. ¡Es de verdad! ¡No estoy loco! ¡La sangre existe, no estoy loco jua jua jua no lo estoy! Esto hay que festejarlo y qué mejor manera de hacerlo que bebiéndome los tres vinos que había guardado para el fin de semana.

Una hora y cuarto después, cuando estaba por descorchar el tercer vino, vi que una sombra caminaba hacia el baño. O al menos eso creí ver. De igual manera había llegado el momento de evacuar, me estaba meando encima. Hice lo que tenía que hacer de manera automática cuan robot, me dirigí al lavabo de manos, prendí la luz y ahí lo vi en el espejo. Tenía sangre por todo mi rostro, había sangre en el lavabo, en todo el baño había sangre. ¡Qué mierda había pasado!

Corrí la cortina de baño y en la bañera encontré las paredes escritas con sangre que decían “No hay explicaciones, solo somos emociones”. En la bañera yacía sin vida el cuerpo de Marlow. Comencé a vomitar todo el vino que había ingerido hasta ese momento cuando empezó a sonarme el celular. Al atender solo escuché una respiración que lo único que supo decir en voz baja fue “Feliz cumpleaños Kevin”. Segundos después, escuché el timbre sonar. Tomé el primer cuchillo que encontré en la cocina y me dirigí lentamente hacia la puerta. Pregunté por quién era, y nadie contestó. Abrí rápidamente y cuando estaba por lanzar la primer cuchillada, me detuve al ver que Marlow saltaba de felicidad. Un vecino lo había encontrado jugando en el parque delantero del edificio. La palidez de mi vecino me dijo que vio la muerte a unos segundos.

Entramos, nos sentamos en el sillón con Kevin cuando en la mesa vi un papel. Me dirigí a él, lo abrí y ahí tenía escrito “No hace falta morir para sentirse muerto. Nos vemos pronto, Kevin.”

- Gian Marco Settembrini