Silencios

No sé si me faltaron palabras o me sobraron silencios pero cuando te vi ahí sentada con él en esa cafetería, todo cambió. 
Reías, reías tanto que no me molestaba que lo hicieras, al contrario, yo reía con vos pero después de unos segundos me di cuenta que no era yo quien te hacía reír. Eso dolió, de verdad, mas no por tu felicidad sino porque entendía que yo no formaría parte de ella nunca más.
Quise detenerme en la ventana y que notaras mi presencia pero de haberlo hecho tampoco hubiera sabido que hacer si te levantabas y venías hacía mí. O peor, si me mirabas y no hacías nada. Absolutamente nada.
Es curioso porque pese a no saber qué harías si me veías, me senté en el bar del frente esperando que salieras con él. La espera fue un infierno, me replanteé el paso del tiempo dándome cuenta que a tu lado el muy sin vergüenza corría y corría, pero ahora que quería que pasara rápido para poder terminar así con este martirio, se había olvidado de caminar, hasta de como avanzar. Era patético. Estaba delegando toda mi responsabilidad a un simple reloj. ¿Por qué esperar a que pase el tiempo y salieras de ahí? Si tranquilamente podía levantarme e irme bien lejos sin mirar atrás. Tal vez esa era la razón por la cual ahora te veía desde el otro lado del ventanal, en vez de tenerte sentada al frente mío. O al menos, una de las razones.
Después de una hora de espera te vi salir y salí de inmediato. Solo una calle había entre nuestras dos almas. Nos miramos y no dijimos nada. Caminaste hacía una dirección, yo hacía otra. Camine un poco, me detuve un instante y me di la vuelta para verte una vez más pero ya no estabas. Solo quedaba una bruma que se desvanecía en el aire con tu perfume y tu adiós. Un adiós que no se dijo, un adiós que nunca llegó a mis labios, a tu voz. Solo un adiós que selló un recuerdo en el corazón.

- Gian Marco Settembrini