Tchenronra, la ciudad de la lluvia de sueños.

Cuento.

- Así como lo ves, este es el lugar donde más sueños y esperanzas han nacido y muerto en cuestión de segundos. - Lo miraba sin entender a qué se refería ni porqué me había hablado a mí. - En un momento, le dicen a tu familia que te vas a recuperar. Y al mismo tiempo, en otra parte del mismo edificio, le dicen a otra que todo quedó en manos de Dios. ¿No te parece cruel? - Yo seguía sin contestar. ¿Qué se le contesta a ello? - Mira jovencito, te voy a contar una historia si es que no te importa. - Antes que pudiera decirle algo empezó.

Hace muchos años, cuando tenía más o menos tu edad. - ¿Cuánto tienes?- 25- Sí, poco más. Tenía 27. Pude escaparme de la ciudad y viajar a México. Siempre me había llamado la atención toda la cultura azteca. De chico me devoraba los libros de historia, sus rituales, su época de oro, sus avances tecnológicos y su astrología tan exacta, el ¡¡¡Chichen-Itza!!! Así que todos los años fui ahorrando un poco hasta tener el dinero suficiente para visitar lo más que pudiera. Estaba obsesionado. Una vez allí, en una de las excursiones por la selva me tope con lo que parecía una ciudad abandonada. Le pregunté al guía qué había sucedido y no supo responderme sin que los nervios lo traicionaran. No seguí presionando porque si algo me había enseñado la vida es que no todos mienten por maldad, y ese pobre guía no tenía la culpa de mi curiosidad tan implacante. De igual manera, no todo quedo ahí. Esa noche dormimos en la selva, en un refugio que quedaba a 5 kilómetros del lugar que llamó mi atención. Así que decidí llevarme conmigo una linterna y una botella de agua. Una vez que todos se durmieron emprendí mi aventura. La luna llena intentaba asomarse entre los pequeños huecos que dejaban las hojas de los gigantes árboles. Era una hermosa noche para contemplar a la musa de poetas y amantes. Siguiendo mi intuición fui recorriendo senderos, deteniéndome ante el más mínimo ruido en los arbustos y acelerando el paso cuando el miedo comenzaba a invadirme. Después de vagar por dos horas, pude dar con el lugar elegido. Un fuego me atraía cuán insecto. Al acercarme cada vez más lentamente me encontré con un grupo de diez personas, todas reunidas alrededor del fuego y bailando. Tocaban tambores a un ritmo desconocido para mis oídos pese a ser profesor de música. Sin embargo, aunque pareciera un ritual aborigen todos vestían ropas como yo así que no tuve miedo de hacerme ver. Apenas vislumbraron mi silueta, el silencio más oscuro se sintió en esta latitud de la tierra. Sabía que si titubeaba perdería toda credibilidad así que con voz serena, me presenté y expliqué mi motivo de estar allí. Al principio, sin recibir respuesta, comenzaba a resignar a mis sueños de la infancia. Hasta que uno de ellos, me dijo que me sentara allí a su lado. Siguieron con su baile y su música, mientras el que parecía el jefe no dejaba de mirarme.

- No le hagas caso, solo quiere intimidarte. - me dijo una joven sentada a dos personas de distancia. - Asentí en silencio. - Es que no le gustan las personas nuevas.
- Lo entiendo, muchas veces te decepcionan.
- Y otras, te sorprenden. - dijo ella sonriéndome.

Era la sonrisa más bonita que había conocido en el último tiempo. O quizás, era la luna que se reflejaba en sus dientes. No lo sé.

Terminado el baile, el jefe se levantó y dio inicio a todo. No sin antes enviar a votación mi presencia allí. Por una diferencia de dos votos, salí elegido para que me quedara. Pero para ello tenía que realizar una prueba. Les conté información comprometedora de mí, lo suficientemente desagradable para borrar la sonrisa de la chica que minutos antes me miraba cautivada. Sin embargo me bastó para tener la oportunidad de saciar mis ganas de respuestas. Quería saber qué era todo ese lugar, porqué había tantos edificios abandonados estando tan cerca de la playa. Quería saberlo todo.

Así fue como dio comienzo a una hora en la que el jefe me contó sobre Tchenronra, la ciudad que se inundó por la codicia. Su tatara abuelo había lanzado una maldición sobre esta ciudad que vio nacer, crecer y morir a su tribu. A veces la mejor manera de trascender es muriendo. En este hermoso lugar, me contaba, vivían familias indígenas felices. Siendo cazadores, pescadores, recolectores. Eran felices haciendo lo que hacían. Hasta que un día, un estadounidense con un gran capital pudo seducir al intendente del poblado. Le vendió el sueño americano a costa de la felicidad de la tribu. Empezó la construcción de hoteles, carreteras, tiendas de todo tipo, mientras que todos se movilizaban buscando impedir dicha masacre a las tierras que por años les habían pertenecido. Pero, cada duda que pudo tener el intendente fue silenciada y teñida de verde. Así fue como “El viejo” que era un chamán muy poderoso, decidió lanzar una maldición sobre esa tierra. Una vez al año lloverían pequeñas notas encapsuladas con los sueños incumplidos de sus habitantes, y al otro día 0,5 mm por cada uno de ellos. Al principio como todo el mundo vivía en paz y feliz, solo caían algunas notas encapsuladas. Pero con el pasar de los años, esa localidad fue convirtiéndose lentamente en un lugar para dejar libre todo deseo inconsciente. Los vicios tenían vía libre, no existían prohibiciones de ningún tipo. La lluvia cada vez era mayor, pero a nadie le interesaba. De hecho, el intendente usó este extraño acontecimiento para dar a conocer de manera turística a Tchenronra como “la ciudad de la lluvia de sueños.”
Después de 10 años, todo aquel que vivía en este poblado, tenía un negocio o venía con los bolsillos llenos de dinero listo para perderse en la oscuridad de su ser. Así fue como llegó el día trágico en el que la lluvia arrasó con absolutamente todo.
La tragedia fue silenciada por el gobierno mexicano, pero para todos los descendientes de la tribu significó una marca sin igual en su historia.
Y es por ello que se encontraban ahí bailando alrededor del fuego detrás de todos esos edificios abandonados, para rememorar ese acontecimiento. Quise preguntarles, qué había pasado con la maldición. Pero al otro día, al despertar, me di cuenta. Estaban lloviendo notas de papel. Ahora entendía porqué no permitían que a la excursión fueran muchas personas.

- Disculpe señor, pero y ¿qué tiene que ver esa historia con este hospital?
- Todo, jovencito. Todo. - dijo, mientras se levantaba, dejaba caer un papel y lo veía perderse en el pasillo.

El papel decía “Carlos Runirini: sueño con ser escritor”. Mi nombre.

- Gian Marco Settembrini

Mamá

Poema sobre la vida.
Necesito escribir estas palabras
como la luna necesita a la noche
y las plantas al sol.
Solo quiero decir qué extraña es la vida.
Es decir, eso es algo bastante obvio;
pero extraña el punto que tiene
de coincidir a dos personas
con poco o nada en común,
y logra convertir todo en un hermoso deja vú
de esos que a uno le gustaría
repetir hasta que el botón se descomponga,
y no logre recomponer, reconstruir,
o simplemente reescribir
una historia pasada
pisada por el agua,
o mejor dicho, acariciada
y convertida en sinónimos
de pasión y deseo,
de lujuría y poesía,
la mentira de tu vida
o la verdad con la que el tiempo
se va y no vuelve.
El reloj se detiene
hasta parece que retrocede
y ves tu niñez, te encontrás llorando
siendo consolado por un abrazo de mamá;
¡como te extraño mamá!
como a los atardeceres en las sierras,
como los veranos riendo y jugando.
La idea pierde fuerza
y yo me sumerjo en la fortaleza
de las últimas palabras de mamá
que todo aquello que deseé lo podré lograr.

- Gian Marco Settembrini

Vuelo

Poema sobre soñar.
El café de las mañanas, a veces,
desempolva ciertos resquemores
de un ayer plagado de errores
pero hoy despierta la mejor parte
de mi ser, la que se es fiel.

Aunque, cuánto cuesta mantener
esa postura hasta que sean más de las diez
si por las noches los fantasmas
salen a cazar almas atormentadas,
solitarias y acobardadas.

He visto llorar a los más fríos,
arrepentirse a los más arriesgados,
escapar a los más audaces
y a pesar de que la vida nos golpee a todos
solo unos pocos deciden aprender de ello.

Solo algunos descubrieron
que al otro lado del miedo se encuentra el amor.

Pero, en este día siento cierta empatía
por todos aquellos que sueñan sin agitar las alas.

¡Ay, si supieran lo bien que se siente volar,
sentir el viento despeinarte y despojarte
de todo pensamiento inútil!

Al volar el tiempo desaparece,
el resto del mundo se desvanece,
solo sos vos y tu creencia de que podes volar,
llegar tan lejos, tan alto como te lo propongas.

Si solo unos segundos de vuelo
son necesarios para volver absurdos los miedos.

- Gian Marco Settembrini

Hoy

Motivación para el día.
Hoy me quiero recordar que puedo
que hay sueños que se viven despierto
porque la pasión y el esfuerzo
nos llevan a sacar fuerzas
del centro de uno mismo,
y cuando allí ya no hay nada
sacar fuerzas de donde no las hay
se convierte en nuestra única verdad
a menos que no estemos dispuestos
a sacrificar tiempo,
el mayor valor de nuestra vida,
el único que si se va ya no regresa.
Quedará en vos desperdiciarlo
o invertirlo en todo aquello por lo que late tu pecho.
Yo puedo porque sueño.
Yo puedo porque me arriesgo.
Yo puedo porque me esfuerzo.
Yo tengo miedo.
No puedo.

- Gian Marco Settembrini

Imagina

Poema para tus sueños.
Imagina,
imagina el cielo,
píntalo de los colores que más quieras
acaricia las paredes,
imagina sus texturas,
mezcla el negro con el blanco
y a los grises de tu vida
conviértelos en color;
si no te gusta,
vuelve a mezclar,
vuelve a imaginar.

Imagina tanto que la realidad
deje de parecerte triste.
Imagina hasta que ya no sepas
distinguir si es por ahí o por allá
porque de tanto imaginar
vas a terminar olvidándote
de colorear
tus días para volverlos mejores,
de tanto imaginar
un día te darás cuenta
que los sueños se hacen realidad
si te animas a soñar
y a pintar
tú día,
tú vida,
tus heridas.
Hoy, mañana y siempre imagina
que siempre se puede estar mejor.
¡Ve por ello!

- Gian Marco Settembrini