A qué sabe el dolor

¿Puede el dolor tener un sabor?
¿Sabe a algo?
Quizás a un trago amargo
o tal vez a tierra.
Aún no lo sé,
por momentos no me sabe a nada,
todo es indiferencia
y quizás esa es la peor sensación de todas
porque
vas caminando por la vida
y en realidad solo te desplazas de un lugar a otro;
caminar no es solo mover las piernas,
es mirar a tu alrededor,
es escuchar pájaros o bocinas de autos,
es darte cuenta que una tienda cambió de lugar o que ya no existe,
es evidenciar el paso del tiempo por verte reflejado en el vidrio de un escaparate.
Y si todo es indiferencia,
todo esto se diluye en el aire.
Como si hilos
caídos del cielo manejaran tus movimientos,
obviando tu capacidad y tu fuerza
para cambiar acciones o destinos.
Entonces, si me preguntan
a qué sabe el dolor
podría decirles que no sabe a nada.
Así es, a nada.
La nada misma.

- Gian Marco Settembrini

Mona lisa

Poesía sobre las idealizaciones.
Las ideas pueden ser muy traicioneras
sobretodo aquellas que establecen su base en el pasado
porque inevitablemente se ven contaminadas con idealizaciones
exagerando lo bueno y minimizando lo malo.

¡Oh, cuánto te quise! ¿De verdad lo hice?
Si por cada sonrisa que te regale, le sacaba una lágrima a la Mona Lisa.
¡Oh, cuánto te extraño! ¿Lo hago?
O simplemente, todavía rebota por la habitación
el eco de tu respiración apoyada en mi corazón.

Y yo me encuentro confundido,
podría decirte que perdido pero no es así,
si vuelvo mis pasos y siempre te encuentro ahí
en el recuerdo de lo que un día fui.

El problema es que cada vez me cuesta más
seguir las migas que dejé en el camino.
Los senderos se vuelven más borrosos,
todo está más oscuro. Ya no te puedo encontrar.

En el presente, no te puedo ver
y mi mano ya no se puede aferrar a lo que pudo ser,
ya no le gusta ser una suposición, una puta suposición.

Mis ojos ya no te confunden con alguien más,
ni esperan verte a la vuelta de la esquina.
No los culpo, cuántas veces habremos esperado todos mojados por la lluvia a que regresaras.

Mi nariz ya no puede reconocer tu perfume
me lo contó el otro día cuando creyó sentirte
pero se dio cuenta que ya no eres.

Esa noche, todos en la oscuridad nos pusimos a llorar
mientras escuchábamos esa canción que tantas veces bailamos juntos,
y creo que fueron mis labios los primeros en hablar.

Todos intentábamos calmarnos,
algunos secaban sus lágrimas
y fue cuando empezó:
“Sé que era increíble,
era de esas personas que con solo mirarlas
se te estremecía hasta el alma.
Lo sé, por Dios que lo sé.
Pero, ¿cuántas veces hemos conocido otras personas increíbles?
y por estar presos en el ayer
arruinamos todo lo que pudo ser.

Y no sé ustedes pero yo ya estoy harto,
harto de no encontrarme en ningún lado
porque ese lugar al que queremos ir
¡YA NO ESTÁ AHÍ!
Entiéndanlo,
ella ya es feliz sin nosotros
y acá estamos como tontos
recordando a un fantasma.

Llegó el momento de decir adiós
quieran o no.”

Todos nos miramos y lo supimos,
los ojos se cautivarán con otros caminos,
los labios se estremecerán con otras bocas,
las manos recorrerán otros mapas.

¿Saben por qué?
Porque la vida es así
y no se puede estar atado a un recuerdo
a menos que quieras ser otro “vivo” muerto.

- Gian Marco Settembrini

Mamá

Poema sobre la vida.
Necesito escribir estas palabras
como la luna necesita a la noche
y las plantas al sol.
Solo quiero decir qué extraña es la vida.
Es decir, eso es algo bastante obvio;
pero extraña el punto que tiene
de coincidir a dos personas
con poco o nada en común,
y logra convertir todo en un hermoso deja vú
de esos que a uno le gustaría
repetir hasta que el botón se descomponga,
y no logre recomponer, reconstruir,
o simplemente reescribir
una historia pasada
pisada por el agua,
o mejor dicho, acariciada
y convertida en sinónimos
de pasión y deseo,
de lujuría y poesía,
la mentira de tu vida
o la verdad con la que el tiempo
se va y no vuelve.
El reloj se detiene
hasta parece que retrocede
y ves tu niñez, te encontrás llorando
siendo consolado por un abrazo de mamá;
¡como te extraño mamá!
como a los atardeceres en las sierras,
como los veranos riendo y jugando.
La idea pierde fuerza
y yo me sumerjo en la fortaleza
de las últimas palabras de mamá
que todo aquello que deseé lo podré lograr.

- Gian Marco Settembrini

Hoy

Motivación para el día.
Hoy me quiero recordar que puedo
que hay sueños que se viven despierto
porque la pasión y el esfuerzo
nos llevan a sacar fuerzas
del centro de uno mismo,
y cuando allí ya no hay nada
sacar fuerzas de donde no las hay
se convierte en nuestra única verdad
a menos que no estemos dispuestos
a sacrificar tiempo,
el mayor valor de nuestra vida,
el único que si se va ya no regresa.
Quedará en vos desperdiciarlo
o invertirlo en todo aquello por lo que late tu pecho.
Yo puedo porque sueño.
Yo puedo porque me arriesgo.
Yo puedo porque me esfuerzo.
Yo tengo miedo.
No puedo.

- Gian Marco Settembrini

La cuna se vuelve a mecer

Cuento. El protagonista visita la ciudad que siempre había querido conocer pero se encuentra con una gran sorpresa. No hay que conocer a tus ídolos, eso dicen…
Me encuentro en un café en la Plaza Cervantes, Alcalá de Henares.
La vista es inmejorable, me senté al lado de una ventana donde puedo visualizar las callecitas antiguas de la ciudad. A su vez, puedo perderme con la vista hacía la plaza llena de pequeñas flores amarillas, bancos de madera, donde palomas descansan unos minutos hasta que algún niño pasa corriendo, y una estatua de Miguel de Cervantes, justo en medio de todo el asunto. Diría que es una obligación perderse en el tiempo mirando esa escena. Las flores amarillas me recuerdan a los girasoles que pintaba Van Gogh aunque éstas en nada se le parecen. A Cervantes, ¿le hubiera gustado el arte de Van Gogh? ¿El pintor habría leído al escritor?

El paso del tiempo puede evidenciarse en los cinco mil metros cuadrados de extensión que componen la Plaza Mayor (así es llamada por los locales). Se respira historia, jóvenes universitarios y adultos mayores se mezclan en uno de los lugares cumbres de la literatura. Todos siguen con sus rutinas, a algunos ni les interesa todas las personalidades que caminaron las mismas callecitas y diagonales, que ellos transitan ahora mirando hacía abajo mientras envían un mensaje con su móvil. Pero, ¿quién soy yo para juzgar? Si estoy observando todo como un turista, ¿cómo podría culparlos? A mi todo me fascina, es lógico, esta ciudad es nueva para mí y retrato cada instante en mi retina. Puedo observar a los náufragos presos del día a día. Los reconozco porque así miraban los turistas que llegaban a mi ciudad, así me miraban. Pero ahora estoy muy lejos de ella.

Ojalá siempre pueda observar todo como un “turista recién llegado” aunque la rutina ya sea parte de mi vida. Me di cuenta que en cada ciudad la belleza habita camuflada en la cotidianidad, cuando uno de esos náufragos dejó de caminar para retratar el sol naranja que comenzaba su desfile para dar lugar, en unas horas, a la invitada estelar de la noche. Recordé los atardeceres de mi Córdoba natal con cierto sentimentalismo.

Estoy en la ciudad cuna de uno de los mejores escritores que conoció el habla hispana y yo, acá, intentando seguir alguno de los pasos que han seguido varios escritores: exilio, viajar, lápiz y papel. Pero no se me ocurre nada. En mis manos llevo un libro de Borges, un ensayo sobre el tiempo y la eternidad. Le doy un mordisco a mi croissant pensando que así podré alimentar alguna de esas ideas que llevo dentro. Aunque, ¿cómo sé que están ahí? Es decir, si las tengo muy dentro de mí, por qué no salen a lucirse en este atardecer. En la mesa del lado hay dos chicas, una de ellas no deja de mirarme. Quizás le llama la atención que lleve un libro, un cuaderno y un lápiz. Tal vez se pregunte si estoy escribiendo sobre ella. Puede que esté pensando en absolutamente cualquier otra cosa pero me mira. Me mira. Aunque, da igual lo que esté suponiendo porque no sale nada, solo escribo y tacho. Escribo y tacho. Leo por debajo de aquellas tachaduras y la pena comienza, poco a poco, apoderarse de mí. Después de este café voy a pedirme una copa de vino, pienso mientras miro hacia la mesa del lado.

¿Por qué tengo tanta seguridad sobre lo que llevo dentro? Si lo llevo dentro, ¿por qué no se hace presente? ¿Por qué otros no lo ven? Ya hace tiempo que dije que quería escribir una película y nada, luego quise empezar de manera un poco menos ambiciosa con un cortometraje y nunca pude filmarlo. Solo tenía tres personajes y ni así logré filmarlo. Patético. Comienzo a pensar que soy un fraude. Suena fuerte esa palabra, hasta diría que me da un poco de miedo porque si no puedo ser escritor, ¿qué será de mi vida? Enserio, no sé quién soy sin mis palabras, sin las emociones que genero en los que me leen.

Así que, por favor ideas, lúzcanse un poco, no les pido ni una sola página, hoy solo necesito aunque sea un párrafo. Hablo con el mozo, al igual que yo, se nota que él tampoco es de España pero claramente no es latinoamericano, su piel pálida, sus ojos celestes y pelo rubio terminan de comprobar mi hipótesis cuando escucho su español tan malo.
Le pedí una copa de tinto y cuando lo vi irse comencé a envidiarlo un poco. Pensé en la suerte que tenía de poder venirse a España con tanta facilidad, él estaba a unos cientos de kilómetros, yo me encontraba a miles de kilómetros de mi familia, seguro sus padres lo mantienen desde Alemania o quizás Polonia, de todos modos, lugares mucho más estables económicamente que mi Argentina. Él provenía de un lugar donde sus padres podrían mandarle dinero sin complicación alguna y yo tenía a mi madre con mi hermana sobreviviendo con lo justo, y aunque ellas tuvieran la posibilidad, el gobierno les impedía prácticamente enviarme dinero alguno.
Toda mi envidiosa divagación fue interrumpida con un “Acá está la copa y el mejor queso para un futuro escritor” en un español espantoso. Le sonreí y comencé a sentirme mal por lo que había pensado hacía unos minutos. Al fin y al cabo, el no tenía la culpa de la situación política-económica de mi país. Además, él podría estar de fiesta por allí con una española en cada brazo o con cualquier muchacho o con quién sea, no viene al caso, y en vez de eso se encontraba trabajando porque se sentía un poco culpable al saber que sus padres le daban todo, mientras él había reprobado algunas materias de la carrera de ingeniería química, según lo que me contaría después.

Jürgen era un buen muchacho pero yo no, no solo que era prejuicioso sino que también me vanagloriaba de ser escritor y hoy no podía escribir ni un párrafo. ¿Bloqueo de escritor? Hacía meses estaba bloqueado. Me quedé pensando en mi recelo hacía el danés, me puse a pensar en cómo un momento me creía un ser especial, y al otro, pertenecía al inframundo de la miseria acusándolo de varios supuestos sin fundamento. Cada uno lleva consigo historias, historias que aunque no las relate, existen; historias que duelen, historias que hacen reír, historias que entretienen, simplemente historias. Y yo, sin saber por qué, creía que mis historias dolorosas eran más dolorosas que las suyas, como si el dolor se pudiera medir en una escala. ¿Existe esa escala? ¿Se mide en lágrimas? ¿En traumas a tratar con un psicólogo? ¿O se mide con la típica escala del 1 al 10? Es más, ¡¿por qué lo tomaba como una competencia?! ¡Oh, sí, qué bueno, yo soy el que más dolor sufre! ¡Felicitaciones, aquí tiene su premio, estúpido ególatra! Todo esto era absurdo. Pensándolo bien, quizás, esta era mi manera de huir a las responsabilidades. Si cerraba heridas, ya no tendría la excusa de no hacer algo porque duele. Algún día, años después, entendería que aunque duela hay que seguir adelante.

Volviendo al asunto de los prejuicios. Todo el mundo en cierta medida es prejuicioso, lo sé, quizás hasta estoy siendo un poco duro conmigo mismo, pero, ¿Y si por ser demasiado blando fue que pensé todo esto sobre Jürgen? No lo sé, solo sé que la diferencia es que algunos aceptan esa parte de su ser e intentan luchar contra ella y otros la muestran sin ningún tipo de escrúpulo. Ya no distinguía a qué grupo pertenecía.

En este momento, en el café existían tres personas pendientes de lo que escribía, el danés quién quizás no le interesara el contenido de mi escritura, solo que siguiera consumiendo. De hecho, me parece que era el que más se alegraba de que no me salieran las ideas para escribir. La otra chica, quién también podría serle indiferente mi trabajo con el papel pero le servía como fuente de conversación para seguir pasando tiempo con su persona favorita en el mundo. En tanto, su amiga, la que me miraba cada dos por tres, quién ignoraba los sentimientos de su amiga, vamos a llamarle Agustina, ella podría ser la única interesada en leerme.

Comencé a mirar mi copa de vino, solo le quedaba un trago más y me encontré preguntándome a mí mismo sobre la primera vez que había tomado vino.
Era una noche de invierno, recordé, casi tan fría como ésta, donde por primera vez me presentaba a un recital de poesía. Mis nervios estaban carcomiéndome por dentro así que con dos copas intenté calmarlos un poco, sin embargo todo esfuerzo fue vano. En ese momento recordaba alguno de los libros que tenía durmiendo en mi biblioteca, se venía a mi mente la imagen de Charles Bukowski subiendo a recitar al escenario con una pequeña heladera llena de latas de cerveza a su lado.

De repente, tras terminar esa copa me surgió un deseo inédito de que Agustina escuchara uno de mis poemas. Entonces empecé a buscar en mi cuaderno alguno que pudiera recitarle pero no encontré ninguno; más bien no encontré ninguno que no haya sido inspirado en otra persona. Quizás la fidelidad en pareja me costaba mucho pero si de poemas se trataba ahí todo cambiaba. Jamás dedicaría las mismas palabras a dos personas diferentes. Capaz el miedo a terminar de confirmar que no llegaría a ningún lado escribiendo era mayor a caer en la tentación de dedicar los mismos poemas.
Mientras buscaba a Jürgen para pedirle otra copa, me di cuenta que no había poema alguno que podría recitarle a ella, además no había ningún micrófono. Solo una especie de escalón que se encontraba entre la puerta del baño y la barra. Podría servir de escenario, pensé.

La segunda copa llegó, una idea comenzaba a gestarse pero no para escribirse en papel sino para ser vivida. Impresionar a una desconocida de pelo castaño, ojos verdes y una sonrisa enigmática. Sin embargo, sin saberlo, otro obstáculo se avecinaba. No tenía nada que leerle, mi reloj se había detenido y comencé a medir mi tiempo en el café y las copas que había bebido. Si estaba feliz, el café por lo general me duraba un poco más, algo así como 15 minutos aunque si estaba triste me duraba menos, en tanto una excepción no se asomase, si esto sucedía me duraba unos 20 minutos. Hoy al principio me sentía feliz pero con los minutos todo comenzó a diluirse así que calcule que el café me duró poco menos de 20 minutos.
Con respecto al vino todo era relativo, ¿sabes? Si estaba feliz pero tranquilo me duraba unos 15 minutos la copa, pero si quería celebrar alcanzaba los 5 minutos con suerte; en cambio, si estaba triste duraba menos que cuando quería celebrar algo. De chico había aprendido a escaparle a mis penas ahogándome en alcohol. Sin que él lo supiese, lo había aprendido de mi padre. No son las mejores enseñanzas que deberían ser transmitidas a un hijo pero era las únicas que recordaba. Ya hacía un largo tiempo que no sabía nada de él. Prefería eso a no tener nada.
Terminé de hacer las cuentas y me di cuenta que a la media hora de comenzar el café fue cuando terminé la segunda copa de vino.

Abrí mi libro de Borges buscando un poco de inspiración, buscando algo que me llevara a escribir, ya estaba desinhibido así que pude escribir un poco antes que llegara el mozo.

<< El tiempo que discurre mientras escribo estas palabras fueron porvenir mientras la primera letra se asentaba sobre el papel, presente cuando me posaba sobre la palabra en cuestión y pasado cuando terminé de escribir todo.
Lo paradójico de todo esto es que yo nunca sospeché que estas serían, al final de todo, las palabras que terminaría escribiendo. Una pausa para recobrar impulso, y otra vez me encuentro en el pasado, presente y futuro. ¿Esto sería como la eternidad? ¿No poder diferenciar los tiempos?, o mejor dicho, identificar los tres al mismo momento.
Pero, ¿Qué es un momento? Si ni siquiera puedo lograr discernir el tiempo, ni atribuírselo a un “aquí y ahora”. Comienzo a pensar que todo esto no es más que un invento implícito y aceptado por todos en silencio para intentar justificar nuestra existencia y darle algún sentido a nuestra vida.>>

Jürgen llegó con la tercer copa y un plato de jamón ibérico. Ese bocadillo me salvaría de hacer el ridículo frente a todo el bar. Lo necesitaba más que impresionar a Agustina.
No sé si era Borges o el vino pero las palabras comenzaron a fluir río abajo sin obstáculos. Cuando escribí algo que parecía digno de ser leído me levanté sonriente y me dirigí hacia el baño sabiendo que en unos minutos tendría la posibilidad de impresionarla.

Al regresar, preso de mi emoción fui hacia la barra, hablé con el dueño del bar, le comenté mi idea. Me dijo que lo iba a consultar con su mujer. Volví hacía mi mesa, Jürgen me acercó una cerveza, le pregunté si había novedades y negó con la cabeza en silencio. Me preocupaba que Agustina se fuera, ya había pasado hora y cuarto desde que yo había llegado y según el danés ellas me llevaban 30 minutos de ventaja. En cualquier momento se irían. Mediando mi cerveza se apareció Elsa, la mujer de Jorge, ambos dueños del bar, y me dijo que le encantaba mi idea de recitar poesía. Ella era una de las pocas románticas que seguía en pie tras tantos años absorbiendo la superficialidad que hoy predomina en todo el planeta. “En 10 minutos te presentas. Éxitos joven.”
Al irse, Elsa miraba a un grupo de chicas que se encontraba en medio del bar pensando que lo que recitaría sería para alguna de ellas.

Los nervios volvían a correr por mí como aquél primer recital de poesía pero esta vez me sabían distintos, se toleraban. ¿Sería por el amor? ¿Era el alcohol el culpable una vez más? ¿Se podría uno enamorar a primera vista?¿Era amor? ¿Acaso así sabe el amor? ¿El amor a qué sabe? ¿Tiene sabor? ¿Existe? No lo sé.

Me presenté ante todo el bar como recién llegado de Argentina y antes que surgiera cualquier tipo de murmullo comencé a recitar. El primer poema no tenía título, trataba sobre dejar tu tierra y lanzarte a lo desconocido, conté un poco de mi ciudad; el segundo poema fue un poco más cómico para borrar cualquier estigma de dolor que pudiera haber surgido y obtuvo algunas carcajadas. El último, la frutilla del postre, era uno dedicado exclusivamente a quién me había robado los pensamientos aunque sea por una tarde, ella no lo sabía. Ese poema se ganó las lágrimas de Elsa y las de algún que otro romántico desperdigado por el salón escondido en una cara seria. Al final me despedí y los aplausos inundaron el bar siendo la introducción para unas canciones de Queen.

Ya en mi mesa, se acercó Jürgen con una medida de whisky, “cortesía de la casa” me dijo. Miré hacía la barra y Elsa me sonreía. Barrí con mi mirada el resto del bar y me di cuenta que Agustina no estaba. Comencé a inquietarme así que antes que Jürgen se retirara, le pregunté al respecto de las dos chicas que estaban en la mesa del lado, más específicamente sobre cuándo se habían ido. Extrañado, me pidió que le repitiera la pregunta porque pensó que había escuchado mal, cuando le repetí me dijo que allí nunca se habían sentado dos chicas; es más, que hacía horas esa mesa estaba vacía, aclaró. Pensé que me estaba tomando el pelo, así que con un tono rezongón le recordé que había dicho que me llevaban media hora de ventaja, entonces me aclaró que se refería al grupo de chicas que estaba un poco más allá, ya que eran las únicas jóvenes de mi edad.

Lo dejé ir en paz y comencé a dudar de mí. ¿Ya estaba ebrio? ¿Cómo podría ser eso posible? Si había recitado increíblemente, o ¿no? ¿Dónde estaba Agustina? ¿Su mirada? ¿Su amiga?
Fui al baño nuevamente, necesitaba lavarme la cara y refrescar un poco mis ideas. Al levantar la vista hacía el espejo, mi rostro había envejecido como nunca antes. Parecía otro. El cuello de mi camisa blanca estaba sucio, de un color entre cobrizo y marrón, como solo puede lograrlo el pasar de los años. Miré hacía mis zapatos, el cuero más desgastado que había visto en mi vida. ¿Qué está ocurriendo conmigo? ¿Cómo me permitía salir así a la calle? Ahora entiendo porqué se fue Agustina, si mi aspecto es lastimoso para los ojos de cualquiera.
Volví a mi mesa donde ya no tenía ningún espejo que reflejase otra decadente parte de mí y proseguí con mi vaso de whisky mientras disfrutaba de un buen rock and roll. Pensé en lo lindo que sería compartir un momento así con alguien. Pero, no tenía a nadie. Me tenía a mí, y hoy eso me bastaba.

Mirando el fondo, ya vacío, de mi vaso de whisky me di cuenta que se traslucía en mi cuaderno una frase recién escrita.
“Nunca escribas para impresionar; escribe para ti, escribe con sinceridad, y el resto, solo se impresionará. Al mundo le hacen falta personas que digan y vivan por la verdad.”

Miré mi reloj, el que creía que estaba roto. Solo habían pasado cinco minutos, el croissant solo tenía un mordisco, el café seguía allí y en mi mano un lápiz.
Cervantes, siglos después, seguía escribiendo.

- Gian Marco Settembrini

Las paredes hablan

Poema sobre la verdad.
Reestructurando los pensamientos
me encuentro entre medio de paredes de cemento
que pese a su colorida faceta
por dentro entrañan verdades grises y frías,
en su ser se encuentra la historia
de vencedores y vencidos,
sobretodo de vencidos.
Porque contrario a lo que muchos piensan
son los pequeños recovecos,
allí donde la sombra es la única luz
donde se narran las verdaderas historias.

Historias que no llegan a los titulares de los medios,
historias que no se hacen tendencia en las redes,
historias que solo algunos experimentados navegantes de la vida
con rostros arrugados pueden llegar a narrar.
Solo.
Solo, si tan solo,
las lágrimas no se apoderan de su mar de recuerdos.
Si eso sucediera,
no habría barca, ni palabras,
que podrían soportar el vendaval
que genera remover el polvillo acumulado de heridas
que jamás cicatrizarán.

Historias que nunca se podrán silenciar.

Siempre existirá un poeta que se animará a recitar,
un músico que con su voz y sus letras se prohibirá olvidar,
un pintor que esconderá en sus retazos
signos más allá del entendimiento
de aquellos que creen tener la verdad,
o mejor dicho, que quieren imponerla.

Una verdad única, una verdad distópica,
Una verdad hecha mentira. Una mentira.

- Gian Marco Settembrini

Luces, cámara y acción

Actores o no, el show de la vida debe continuar como sea. Y ese es mi mayor temor, saber que somos presos de la improvisación del vivir. ¿Por qué tengo miedo? 
Porque un día, puede ser hoy o mañana, nuestro telón no se va correr y no escucharemos los aplausos, ni las críticas, no escucharemos nada, y allí donde el silencio se esconde es donde se hacen presentes los fantasmas.
Esos que llevamos a cuestas sobre nuestros hombros y se posan regodiantes del éxtasis de saber que si los dejamos son nuestros titiriteros, si se lo permitimos lo serán.
Cada paso que damos, cada huella que no dejamos, cada ausencia que presenciamos hablan más que nuestras bocas al abrirse. No lo sé.
De verdad que no lo sé, no debería ser tan difícil perderse en el naufragio sin preocuparse por el destino. Pero, lo es.
La función de hoy está llegando a su fin y yo aún no he visto desenlace semejante como el de mostrarse real.
Real en un mundo de mentira.

- Gian Marco Settembrini

AJEDREZ

Poema sobre el amor, la vida o el ajedrez. No lo sé.
Aferrado a la mentira de un ideal,
años sin ver la sobriedad
de un amor ajeno a problemas de moral.

Una partida de ajedrez
que aún no puedo dilucidar,
que no consigo anticipar
y pierdo a mi alfil una vez más.

De bar en bar
voy embriagándome de preguntas
que ningún cantinero puede contestar
¿Dónde está mi reina? ¿Dónde está?

Solo saben mirarme,
como un maldito objeto
que necesita ser restaurado
y yo solo quiero sincerarme.

Pero no hay nadie,
hoy nadie tiene tiempo para hablar,
a nadie le importa ver la profundidad
y víctima de mí mismo
pierdo otro ideal más.

Me uno al ritual superficial,
el otro alfil que se va
y despierto en una cama cualquiera
donde sé que allí
ella no se encuentra
¿Dónde está mi reina? ¿Dónde está?

Vuelvo la vista hacía el reloj
me pregunto acerca qué es mejor,
si el tiempo que pasó
o el que todavía no llegó,
mientras muevo un peón.

Infravalorado por muchos,
dotado de olvido selectivo
me permito creer que esta vez
voy a vencer.

Pero, ¿dónde está mi reina? ¿Dónde está?
Si las palabras que dejo en el papel,
no son más que puras fantasías
si no las puedes leer,
si no las puedes sentir.

El tiempo se agota
o quizás es mi esperanza rota
que anhela imposibles,
visibles
para todos, menos para mí.

Tal vez no quiero darme cuenta
que nunca la voy a encontrar,
no en este tablero,
no jugando como lo hago
Porque amar no es jugar a ganar,
Es saber dar
algo que nunca volverá
y querer compartirlo igual.

El tiempo.
El tiempo con vos se vuelve felicidad.

- Gian Marco Settembrini

CUARENTENA

Poema inspirado en la situación actual del mundo.
Privados de su libertad
alejados de su esencia
destinados a limitarse entre muros.
¿Cuánta vida sigue existiendo ahí fuera?
¿Cuánta vida quedará dentro nuestro?
Cuando todo esto haya acabado...
Me pregunto si los papeles se invertirán
y si el hecho de sentirnos enjaulados,
de ahora en más,
será habernos olvidado
de cómo usar nuestras alas
teniendo todo un cielo
para volar y disfrutar…

- Gian Marco Settembrini