Energía

cede la tristeza
ante la risa absurda
de un infortunado tropiezo
y el espejo cóncavo de tu vida
te recuerda el poder de tu sonrisa,
mientras lágrimas se secan, miedos se ahuyentan y heridas se cierran.
La alegría se abre camino
dejando atrás resabios de soledad.
Todo dolor, costo del amor,
no se extinguió pero se transformó
y hoy esa energía te hace querer ser mejor.
El amor como motor,
el dolor como propulsión.
El amor como conductor,
el dolor como precaución.
El amor…

y la pasión.

- Gian Marco Settembrini

Rueditas rotas

Cuento de misterio.
Su valija con rueditas rotas. Eso fue lo último que vi de aquella misteriosa mujer. Había algo en su paso cansino que no dejaba de intrigarme sobretodo por la manera en la que arrastraba su equipaje. Era cómo si no quisiera irse pero a la vez supiera que no podía quedarse ni un minuto más. La chica era joven pero el rostro le había envejecido 10 años en solo una hora. 
Yo estaba cumpliendo con mi turno de camarero cuando la vi pasar por primera vez a las 13 horas. No digo que en ese momento ella estuviese resplandeciendo de felicidad pero estaba bien. A las 14 y minutos pasó de nuevo por la puerta del bar. Esta vez con una valija. Una valija que cargaba sobre ella un peso mayor del que uno se imaginaría, eso daba a entender por su manera lastimosa de llevarla. Allí no había ropa, o al menos no era lo único. Allí, quizás, había esperanzas aniquiladas por el tiempo, promesas rotas víctimas de mentiras inútiles. No lo sé. Solo sé que verla me dieron ganas de decirle que todo iba a estar bien. Aunque, luego en un pensamiento ocasional que surgió a lo largo del día, agradecí haberle dicho nada. No sabía si esa alma en pena hubiera sido capaz de soportar un engaño más. ¿Qué certeza podría tener yo de que todo iba a estar bien? No sabía nada de su aflicción.

Antes que el dolor hecho carne en su humanidad doblara arrastrándose en la esquina, vi que del bolsillo de su abrigo caía un papel. Interrumpí la limpieza de una mesa para ir corriendo a recogerlo, supuse que debía tener algún tipo de importancia para ella. Mi intuición no falló. Era un boleto para el último tren que partía esa misma noche de Madrid a Barcelona.
Al levantar la vista, la chica ya no estaba, su aura dolorido se escondía ante mis ojos. Se había perdido en el tumulto de los caminantes sin rumbo. Regresé a mis tareas, le pregunté a mi compañero si había visto esa chica que arrastraba la valija, negó y siguió con su labor.
El resto de las horas que quedaban de mi turno me las pasé reflexionando para mis adentros sobre qué hacer con ese boleto. Luego de analizar mis distintas opciones salí de trabajar y solo tenía una certeza. Sería una noche larga.
La encontrara o no, esa noche viajaría a Barcelona.

- Gian Marco Settembrini

La cuna se vuelve a mecer

Cuento. El protagonista visita la ciudad que siempre había querido conocer pero se encuentra con una gran sorpresa. No hay que conocer a tus ídolos, eso dicen…
Me encuentro en un café en la Plaza Cervantes, Alcalá de Henares.
La vista es inmejorable, me senté al lado de una ventana donde puedo visualizar las callecitas antiguas de la ciudad. A su vez, puedo perderme con la vista hacía la plaza llena de pequeñas flores amarillas, bancos de madera, donde palomas descansan unos minutos hasta que algún niño pasa corriendo, y una estatua de Miguel de Cervantes, justo en medio de todo el asunto. Diría que es una obligación perderse en el tiempo mirando esa escena. Las flores amarillas me recuerdan a los girasoles que pintaba Van Gogh aunque éstas en nada se le parecen. A Cervantes, ¿le hubiera gustado el arte de Van Gogh? ¿El pintor habría leído al escritor?

El paso del tiempo puede evidenciarse en los cinco mil metros cuadrados de extensión que componen la Plaza Mayor (así es llamada por los locales). Se respira historia, jóvenes universitarios y adultos mayores se mezclan en uno de los lugares cumbres de la literatura. Todos siguen con sus rutinas, a algunos ni les interesa todas las personalidades que caminaron las mismas callecitas y diagonales, que ellos transitan ahora mirando hacía abajo mientras envían un mensaje con su móvil. Pero, ¿quién soy yo para juzgar? Si estoy observando todo como un turista, ¿cómo podría culparlos? A mi todo me fascina, es lógico, esta ciudad es nueva para mí y retrato cada instante en mi retina. Puedo observar a los náufragos presos del día a día. Los reconozco porque así miraban los turistas que llegaban a mi ciudad, así me miraban. Pero ahora estoy muy lejos de ella.

Ojalá siempre pueda observar todo como un “turista recién llegado” aunque la rutina ya sea parte de mi vida. Me di cuenta que en cada ciudad la belleza habita camuflada en la cotidianidad, cuando uno de esos náufragos dejó de caminar para retratar el sol naranja que comenzaba su desfile para dar lugar, en unas horas, a la invitada estelar de la noche. Recordé los atardeceres de mi Córdoba natal con cierto sentimentalismo.

Estoy en la ciudad cuna de uno de los mejores escritores que conoció el habla hispana y yo, acá, intentando seguir alguno de los pasos que han seguido varios escritores: exilio, viajar, lápiz y papel. Pero no se me ocurre nada. En mis manos llevo un libro de Borges, un ensayo sobre el tiempo y la eternidad. Le doy un mordisco a mi croissant pensando que así podré alimentar alguna de esas ideas que llevo dentro. Aunque, ¿cómo sé que están ahí? Es decir, si las tengo muy dentro de mí, por qué no salen a lucirse en este atardecer. En la mesa del lado hay dos chicas, una de ellas no deja de mirarme. Quizás le llama la atención que lleve un libro, un cuaderno y un lápiz. Tal vez se pregunte si estoy escribiendo sobre ella. Puede que esté pensando en absolutamente cualquier otra cosa pero me mira. Me mira. Aunque, da igual lo que esté suponiendo porque no sale nada, solo escribo y tacho. Escribo y tacho. Leo por debajo de aquellas tachaduras y la pena comienza, poco a poco, apoderarse de mí. Después de este café voy a pedirme una copa de vino, pienso mientras miro hacia la mesa del lado.

¿Por qué tengo tanta seguridad sobre lo que llevo dentro? Si lo llevo dentro, ¿por qué no se hace presente? ¿Por qué otros no lo ven? Ya hace tiempo que dije que quería escribir una película y nada, luego quise empezar de manera un poco menos ambiciosa con un cortometraje y nunca pude filmarlo. Solo tenía tres personajes y ni así logré filmarlo. Patético. Comienzo a pensar que soy un fraude. Suena fuerte esa palabra, hasta diría que me da un poco de miedo porque si no puedo ser escritor, ¿qué será de mi vida? Enserio, no sé quién soy sin mis palabras, sin las emociones que genero en los que me leen.

Así que, por favor ideas, lúzcanse un poco, no les pido ni una sola página, hoy solo necesito aunque sea un párrafo. Hablo con el mozo, al igual que yo, se nota que él tampoco es de España pero claramente no es latinoamericano, su piel pálida, sus ojos celestes y pelo rubio terminan de comprobar mi hipótesis cuando escucho su español tan malo.
Le pedí una copa de tinto y cuando lo vi irse comencé a envidiarlo un poco. Pensé en la suerte que tenía de poder venirse a España con tanta facilidad, él estaba a unos cientos de kilómetros, yo me encontraba a miles de kilómetros de mi familia, seguro sus padres lo mantienen desde Alemania o quizás Polonia, de todos modos, lugares mucho más estables económicamente que mi Argentina. Él provenía de un lugar donde sus padres podrían mandarle dinero sin complicación alguna y yo tenía a mi madre con mi hermana sobreviviendo con lo justo, y aunque ellas tuvieran la posibilidad, el gobierno les impedía prácticamente enviarme dinero alguno.
Toda mi envidiosa divagación fue interrumpida con un “Acá está la copa y el mejor queso para un futuro escritor” en un español espantoso. Le sonreí y comencé a sentirme mal por lo que había pensado hacía unos minutos. Al fin y al cabo, el no tenía la culpa de la situación política-económica de mi país. Además, él podría estar de fiesta por allí con una española en cada brazo o con cualquier muchacho o con quién sea, no viene al caso, y en vez de eso se encontraba trabajando porque se sentía un poco culpable al saber que sus padres le daban todo, mientras él había reprobado algunas materias de la carrera de ingeniería química, según lo que me contaría después.

Jürgen era un buen muchacho pero yo no, no solo que era prejuicioso sino que también me vanagloriaba de ser escritor y hoy no podía escribir ni un párrafo. ¿Bloqueo de escritor? Hacía meses estaba bloqueado. Me quedé pensando en mi recelo hacía el danés, me puse a pensar en cómo un momento me creía un ser especial, y al otro, pertenecía al inframundo de la miseria acusándolo de varios supuestos sin fundamento. Cada uno lleva consigo historias, historias que aunque no las relate, existen; historias que duelen, historias que hacen reír, historias que entretienen, simplemente historias. Y yo, sin saber por qué, creía que mis historias dolorosas eran más dolorosas que las suyas, como si el dolor se pudiera medir en una escala. ¿Existe esa escala? ¿Se mide en lágrimas? ¿En traumas a tratar con un psicólogo? ¿O se mide con la típica escala del 1 al 10? Es más, ¡¿por qué lo tomaba como una competencia?! ¡Oh, sí, qué bueno, yo soy el que más dolor sufre! ¡Felicitaciones, aquí tiene su premio, estúpido ególatra! Todo esto era absurdo. Pensándolo bien, quizás, esta era mi manera de huir a las responsabilidades. Si cerraba heridas, ya no tendría la excusa de no hacer algo porque duele. Algún día, años después, entendería que aunque duela hay que seguir adelante.

Volviendo al asunto de los prejuicios. Todo el mundo en cierta medida es prejuicioso, lo sé, quizás hasta estoy siendo un poco duro conmigo mismo, pero, ¿Y si por ser demasiado blando fue que pensé todo esto sobre Jürgen? No lo sé, solo sé que la diferencia es que algunos aceptan esa parte de su ser e intentan luchar contra ella y otros la muestran sin ningún tipo de escrúpulo. Ya no distinguía a qué grupo pertenecía.

En este momento, en el café existían tres personas pendientes de lo que escribía, el danés quién quizás no le interesara el contenido de mi escritura, solo que siguiera consumiendo. De hecho, me parece que era el que más se alegraba de que no me salieran las ideas para escribir. La otra chica, quién también podría serle indiferente mi trabajo con el papel pero le servía como fuente de conversación para seguir pasando tiempo con su persona favorita en el mundo. En tanto, su amiga, la que me miraba cada dos por tres, quién ignoraba los sentimientos de su amiga, vamos a llamarle Agustina, ella podría ser la única interesada en leerme.

Comencé a mirar mi copa de vino, solo le quedaba un trago más y me encontré preguntándome a mí mismo sobre la primera vez que había tomado vino.
Era una noche de invierno, recordé, casi tan fría como ésta, donde por primera vez me presentaba a un recital de poesía. Mis nervios estaban carcomiéndome por dentro así que con dos copas intenté calmarlos un poco, sin embargo todo esfuerzo fue vano. En ese momento recordaba alguno de los libros que tenía durmiendo en mi biblioteca, se venía a mi mente la imagen de Charles Bukowski subiendo a recitar al escenario con una pequeña heladera llena de latas de cerveza a su lado.

De repente, tras terminar esa copa me surgió un deseo inédito de que Agustina escuchara uno de mis poemas. Entonces empecé a buscar en mi cuaderno alguno que pudiera recitarle pero no encontré ninguno; más bien no encontré ninguno que no haya sido inspirado en otra persona. Quizás la fidelidad en pareja me costaba mucho pero si de poemas se trataba ahí todo cambiaba. Jamás dedicaría las mismas palabras a dos personas diferentes. Capaz el miedo a terminar de confirmar que no llegaría a ningún lado escribiendo era mayor a caer en la tentación de dedicar los mismos poemas.
Mientras buscaba a Jürgen para pedirle otra copa, me di cuenta que no había poema alguno que podría recitarle a ella, además no había ningún micrófono. Solo una especie de escalón que se encontraba entre la puerta del baño y la barra. Podría servir de escenario, pensé.

La segunda copa llegó, una idea comenzaba a gestarse pero no para escribirse en papel sino para ser vivida. Impresionar a una desconocida de pelo castaño, ojos verdes y una sonrisa enigmática. Sin embargo, sin saberlo, otro obstáculo se avecinaba. No tenía nada que leerle, mi reloj se había detenido y comencé a medir mi tiempo en el café y las copas que había bebido. Si estaba feliz, el café por lo general me duraba un poco más, algo así como 15 minutos aunque si estaba triste me duraba menos, en tanto una excepción no se asomase, si esto sucedía me duraba unos 20 minutos. Hoy al principio me sentía feliz pero con los minutos todo comenzó a diluirse así que calcule que el café me duró poco menos de 20 minutos.
Con respecto al vino todo era relativo, ¿sabes? Si estaba feliz pero tranquilo me duraba unos 15 minutos la copa, pero si quería celebrar alcanzaba los 5 minutos con suerte; en cambio, si estaba triste duraba menos que cuando quería celebrar algo. De chico había aprendido a escaparle a mis penas ahogándome en alcohol. Sin que él lo supiese, lo había aprendido de mi padre. No son las mejores enseñanzas que deberían ser transmitidas a un hijo pero era las únicas que recordaba. Ya hacía un largo tiempo que no sabía nada de él. Prefería eso a no tener nada.
Terminé de hacer las cuentas y me di cuenta que a la media hora de comenzar el café fue cuando terminé la segunda copa de vino.

Abrí mi libro de Borges buscando un poco de inspiración, buscando algo que me llevara a escribir, ya estaba desinhibido así que pude escribir un poco antes que llegara el mozo.

<< El tiempo que discurre mientras escribo estas palabras fueron porvenir mientras la primera letra se asentaba sobre el papel, presente cuando me posaba sobre la palabra en cuestión y pasado cuando terminé de escribir todo.
Lo paradójico de todo esto es que yo nunca sospeché que estas serían, al final de todo, las palabras que terminaría escribiendo. Una pausa para recobrar impulso, y otra vez me encuentro en el pasado, presente y futuro. ¿Esto sería como la eternidad? ¿No poder diferenciar los tiempos?, o mejor dicho, identificar los tres al mismo momento.
Pero, ¿Qué es un momento? Si ni siquiera puedo lograr discernir el tiempo, ni atribuírselo a un “aquí y ahora”. Comienzo a pensar que todo esto no es más que un invento implícito y aceptado por todos en silencio para intentar justificar nuestra existencia y darle algún sentido a nuestra vida.>>

Jürgen llegó con la tercer copa y un plato de jamón ibérico. Ese bocadillo me salvaría de hacer el ridículo frente a todo el bar. Lo necesitaba más que impresionar a Agustina.
No sé si era Borges o el vino pero las palabras comenzaron a fluir río abajo sin obstáculos. Cuando escribí algo que parecía digno de ser leído me levanté sonriente y me dirigí hacia el baño sabiendo que en unos minutos tendría la posibilidad de impresionarla.

Al regresar, preso de mi emoción fui hacia la barra, hablé con el dueño del bar, le comenté mi idea. Me dijo que lo iba a consultar con su mujer. Volví hacía mi mesa, Jürgen me acercó una cerveza, le pregunté si había novedades y negó con la cabeza en silencio. Me preocupaba que Agustina se fuera, ya había pasado hora y cuarto desde que yo había llegado y según el danés ellas me llevaban 30 minutos de ventaja. En cualquier momento se irían. Mediando mi cerveza se apareció Elsa, la mujer de Jorge, ambos dueños del bar, y me dijo que le encantaba mi idea de recitar poesía. Ella era una de las pocas románticas que seguía en pie tras tantos años absorbiendo la superficialidad que hoy predomina en todo el planeta. “En 10 minutos te presentas. Éxitos joven.”
Al irse, Elsa miraba a un grupo de chicas que se encontraba en medio del bar pensando que lo que recitaría sería para alguna de ellas.

Los nervios volvían a correr por mí como aquél primer recital de poesía pero esta vez me sabían distintos, se toleraban. ¿Sería por el amor? ¿Era el alcohol el culpable una vez más? ¿Se podría uno enamorar a primera vista?¿Era amor? ¿Acaso así sabe el amor? ¿El amor a qué sabe? ¿Tiene sabor? ¿Existe? No lo sé.

Me presenté ante todo el bar como recién llegado de Argentina y antes que surgiera cualquier tipo de murmullo comencé a recitar. El primer poema no tenía título, trataba sobre dejar tu tierra y lanzarte a lo desconocido, conté un poco de mi ciudad; el segundo poema fue un poco más cómico para borrar cualquier estigma de dolor que pudiera haber surgido y obtuvo algunas carcajadas. El último, la frutilla del postre, era uno dedicado exclusivamente a quién me había robado los pensamientos aunque sea por una tarde, ella no lo sabía. Ese poema se ganó las lágrimas de Elsa y las de algún que otro romántico desperdigado por el salón escondido en una cara seria. Al final me despedí y los aplausos inundaron el bar siendo la introducción para unas canciones de Queen.

Ya en mi mesa, se acercó Jürgen con una medida de whisky, “cortesía de la casa” me dijo. Miré hacía la barra y Elsa me sonreía. Barrí con mi mirada el resto del bar y me di cuenta que Agustina no estaba. Comencé a inquietarme así que antes que Jürgen se retirara, le pregunté al respecto de las dos chicas que estaban en la mesa del lado, más específicamente sobre cuándo se habían ido. Extrañado, me pidió que le repitiera la pregunta porque pensó que había escuchado mal, cuando le repetí me dijo que allí nunca se habían sentado dos chicas; es más, que hacía horas esa mesa estaba vacía, aclaró. Pensé que me estaba tomando el pelo, así que con un tono rezongón le recordé que había dicho que me llevaban media hora de ventaja, entonces me aclaró que se refería al grupo de chicas que estaba un poco más allá, ya que eran las únicas jóvenes de mi edad.

Lo dejé ir en paz y comencé a dudar de mí. ¿Ya estaba ebrio? ¿Cómo podría ser eso posible? Si había recitado increíblemente, o ¿no? ¿Dónde estaba Agustina? ¿Su mirada? ¿Su amiga?
Fui al baño nuevamente, necesitaba lavarme la cara y refrescar un poco mis ideas. Al levantar la vista hacía el espejo, mi rostro había envejecido como nunca antes. Parecía otro. El cuello de mi camisa blanca estaba sucio, de un color entre cobrizo y marrón, como solo puede lograrlo el pasar de los años. Miré hacía mis zapatos, el cuero más desgastado que había visto en mi vida. ¿Qué está ocurriendo conmigo? ¿Cómo me permitía salir así a la calle? Ahora entiendo porqué se fue Agustina, si mi aspecto es lastimoso para los ojos de cualquiera.
Volví a mi mesa donde ya no tenía ningún espejo que reflejase otra decadente parte de mí y proseguí con mi vaso de whisky mientras disfrutaba de un buen rock and roll. Pensé en lo lindo que sería compartir un momento así con alguien. Pero, no tenía a nadie. Me tenía a mí, y hoy eso me bastaba.

Mirando el fondo, ya vacío, de mi vaso de whisky me di cuenta que se traslucía en mi cuaderno una frase recién escrita.
“Nunca escribas para impresionar; escribe para ti, escribe con sinceridad, y el resto, solo se impresionará. Al mundo le hacen falta personas que digan y vivan por la verdad.”

Miré mi reloj, el que creía que estaba roto. Solo habían pasado cinco minutos, el croissant solo tenía un mordisco, el café seguía allí y en mi mano un lápiz.
Cervantes, siglos después, seguía escribiendo.

- Gian Marco Settembrini

AJEDREZ

Poema sobre el amor, la vida o el ajedrez. No lo sé.
Aferrado a la mentira de un ideal,
años sin ver la sobriedad
de un amor ajeno a problemas de moral.

Una partida de ajedrez
que aún no puedo dilucidar,
que no consigo anticipar
y pierdo a mi alfil una vez más.

De bar en bar
voy embriagándome de preguntas
que ningún cantinero puede contestar
¿Dónde está mi reina? ¿Dónde está?

Solo saben mirarme,
como un maldito objeto
que necesita ser restaurado
y yo solo quiero sincerarme.

Pero no hay nadie,
hoy nadie tiene tiempo para hablar,
a nadie le importa ver la profundidad
y víctima de mí mismo
pierdo otro ideal más.

Me uno al ritual superficial,
el otro alfil que se va
y despierto en una cama cualquiera
donde sé que allí
ella no se encuentra
¿Dónde está mi reina? ¿Dónde está?

Vuelvo la vista hacía el reloj
me pregunto acerca qué es mejor,
si el tiempo que pasó
o el que todavía no llegó,
mientras muevo un peón.

Infravalorado por muchos,
dotado de olvido selectivo
me permito creer que esta vez
voy a vencer.

Pero, ¿dónde está mi reina? ¿Dónde está?
Si las palabras que dejo en el papel,
no son más que puras fantasías
si no las puedes leer,
si no las puedes sentir.

El tiempo se agota
o quizás es mi esperanza rota
que anhela imposibles,
visibles
para todos, menos para mí.

Tal vez no quiero darme cuenta
que nunca la voy a encontrar,
no en este tablero,
no jugando como lo hago
Porque amar no es jugar a ganar,
Es saber dar
algo que nunca volverá
y querer compartirlo igual.

El tiempo.
El tiempo con vos se vuelve felicidad.

- Gian Marco Settembrini