Cuento.
Susurros.
Cientos de voces distintas se combaten en mi interior y todas buscan lo mismo, tener la razón. En momentos adversos incrementan su volumen hasta aturdirme con un silencio ensordecedor.
Ese mismo silencio escuché un segundo antes que se dispare el gatillo de unos delincuentes sobre mi mejor amigo. El sólo quería huir, salvarse. No pude hacer nada para ayudarlo.
He comentado tantas veces lo que sucedió esa noche. Se lo conté a la familia, a amigos, a conocidos, a desconocidos, que hasta hay días en los que cuento la historía sin una mínima expresión como si fuera un guión preparado. Cuando eso sucede se quedan mirándome consternados ante mi insensibilidad, algunos se esconden detrás de una sonrisa y emiten un juicio negativo sobre mí.
Lo que nadie sabe es lo repugnante que me siento cuando me suceden esos episodios de insensibilidad, nadie sabe que al regresar a casa lloro desconsoladamente. Intento calmar las embestidas de esas voces internas pero todo esfuerzo es en vano.
Al otro día despierto, tomo mi café, me pongo mi traje y me dirijo hacía el trabajo. Cuando vuelvo me espera la comida lista, agarro una cerveza y la bebo mirando por la ventana en dirección a la Torre de Galicia. El edificio más alto de la ciudad.
Hay veces que me pregunto qué se sentirá estar en ese último piso a 80 metros de altura. Si el viento soplará distinto o seguirá siendo solo viento, si el sol quemará mis mejillas igual que en el parque de la vuelta. Pese a vivir al otro lado de la calle nunca realicé el tour por el edificio que concluye con ese fantástico mirador de 360 grados.
Vienen cientos de personas de otras ciudades para conocer exclusivamente este mirador pero yo nunca he subido. Existen tardes en las que vuelvo antes de trabajar y puedo verlos a todos congregándose en la planta baja, más de una vez se quedaron mirándome con atención intentando convencerme que subiera con ellos. No niego que más de una vez pensé en unírmeles, algunos grupos eran más carismáticos que otros pero siempre me inventé una excusa para no hacerlo.
Ya tengo la edad suficiente para no poner en riesgo mi integridad. Desde mi último infarto mi médico me prohibe cualquier actividad que pueda acelerar mi ritmo cardiaco. Dice que puede llegar a matarme.
- Entonces, ¿qué hace subiendo con nosotros en el ascensor? - preguntó un joven que había escuchado toda mi historia con atención.
- Lo que no sabe mi médico es que yo morí esa noche en la que firmé aquel contrato.
- Espere, -interrumpió el joven- ¿usted es él? - dijo, señalando una revista Forbes que se daba al iniciar el tour y llevaba mi rostro.
Asentí en silencio.
- Pero, es millonario. Con todo respeto, está loco. Tiene más dinero del que podría ganar en diez vidas y dice que ya está muerto.
- Mi niño interior...
Antes de poder seguir hablando, se escuchó un sonido y el guía exclamó con entusiasmo que habíamos llegado al último piso.
- Chico, ¿quieres un consejo?
- Sí, por favor, Señor Galicia.
- Nunca renuncies a tus sueños y conserva a las personas que amas.
Esas fueron las últimas palabras de una de las 10 personas más adineradas del último año antes de saltar al vacío desde la torre que llevaba su nombre.
- Gian Marco Settembrini
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